Los hermanos Onetti logran en la película 1978 una fusión magistral entre el terror sobrenatural y la denuncia social, con un elenco donde destacan Agustín Pardella (La Sociedad de la Nieve), Carlos Portaluppi (La Extorsión), o Mario Alarcón (El robo del siglo). Ambientada en los años más oscuros de la dictadura argentina (1976-1983), la película convierte el dolor histórico en una alegoría inquietante. Aquí, las víctimas no solo sufren la represión del régimen, sino que regresan desde las sombras para reclamar justicia. Más que una obra de horror, 1978 es un testimonio feroz que enfrenta al espectador con un pasado que sigue resonando.
Crítica de '1978'
Resumen
Ficha Técnica
Título: 1978
Título original: 1978
Reparto:
Agustín Pardella (Hugo)
Carlos Portaluppi (Carancho)
Mario Alarcón (Moro)
Agustin Olcese (Miguel)
Jorge Lorenzo (Baviera)
Santiago Ríos (Alsina)
Gustavo Bonfigli (Dr. Berges)
Paula Silva (Irene)
Gustavo Pardi (Dante)
Ezequiel Pache (Quique)
Valeria San Martin (Paula)
María Eugenia Rigón (Diana)
Justina Ceballos (Erica)
Año: 2024
Duración: 77 min.
País: Argentina
Director: Luciano Onetti, Nicolás Onetti
Guion: Luciano Onetti, Nicolás Onetti, Camilo Zaffora
Fotografía: Kasty Castillo, Luciano Montes de Oca
Música:
Género: Terror. Thriller
Distribuidor: Black Mandala
Tráiler de '1978'
Sinopsis de '1978'
En medio de la dictadura militar, los argentinos se desahogan durante la final de la Copa del Mundo de fútbol de 1978 entre Argentina y Holanda. Mientras tanto, unos torturadores asaltan una casa y secuestran a un grupo de jóvenes, solo para descubrir —demasiado tarde— que han capturado a la gente equivocada. Una brutal historia de violencia en una comisaría cuyas imágenes evocan las pesadillas vistas en films como Baskin y Malum. (Festival de Sitges)
Dónde se puede ver la película en streaming
En un audaz ejercicio de memoria, los Onetti reconstruyen el clima de opresión de la última dictadura cívico-militar. La película 1978 no oculta la crudeza del período: desapariciones, torturas y el silencio cómplice del poder. Los personajes encarnan tanto a los victimarios —fríos y deshumanizados— como a las víctimas, cuyas voces, aunque silenciadas, nunca desaparecen del todo.
La elección de 1978 como año clave no es casual. Mientras el gobierno usaba el Mundial de Fútbol para proyectar una imagen de normalidad, en los centros clandestinos de detención la maquinaria de terror operaba sin pausa. La película refleja esta hipocresía con una metáfora visual poderosa: los estadios repletos de hinchas contrastan con las celdas oscuras donde miles de personas fueron secuestradas y torturadas.
Lo sobrenatural: justicia desde el abismo
Los desaparecidos resurgen no como espectros pasivos, sino como agentes de una venganza sobrenatural. Este giro narrativo refuerza la idea de que la verdad no puede ser borrada. Las apariciones espectrales y maldiciones no son simples recursos de terror, sino símbolos de la resistencia de la memoria. En una de las escenas más impactantes, los perseguidos regresan como entidades implacables, transformando su sufrimiento en un acto de justicia.
Maquillaje y sonido: la piel y el eco del terror
El apartado técnico de 1978 es clave para su impacto. El maquillaje, grotesco y simbólico, convierte a las víctimas en figuras que oscilan entre lo humano y lo monstruoso. Sus cicatrices y deformaciones no solo horrorizan, sino que recuerdan las huellas de la tortura. En una escena escalofriante, una víctima muestra un cuerpo marcado por heridas que evocan tanto la muerte como la resistencia.
El diseño de sonido refuerza la atmósfera opresiva. Susurros, ecos de golpes y silencios abruptos crean una sensación de paranoia constante. En momentos clave, la música desaparece, dejando solo el crujir de una puerta o un gemido lejano. Cada sonido recuerda que el terror de la dictadura no fue ficción, sino una realidad palpable.
Conclusión: un híbrido necesario
1978 no es solo una película de terror, sino una declaración cinematográfica de resistencia. Los hermanos Onetti combinan lo sobrenatural con lo histórico sin caer en discursos panfletarios, logrando un equilibrio entre el horror y la reflexión. Su impecable uso del maquillaje y el sonido potencia la experiencia, convirtiéndola en un relato tan sensorial como perturbador.
Para Argentina, es un recordatorio de que las heridas del pasado siguen abiertas. Para el mundo, es una prueba de que el cine de género puede ser un arma poderosa de denuncia.
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