Un manicomio siniestro, unos psiquiatras despiadados, un joven ilustrador, claustrofobia, aislamiento, asesinato, acción, suspense y… cacahuetes. El director sevillano Juanjo Ramírez (Pixel Theory) nos propone, en Gritos en el pasillo, un viaje a la locura en una película trepidante, rodada íntegramente con frutos secos.



Gritos en el pasillo

Crítica de ‘Gritos en el pasillo’

Ficha Técnica

Título: Gritos en el pasillo
Título original: Gritos en el pasillo

Reparto:
Luis Jiménez (Conductor autobús)
Gonzalo Navas (Dibujante / Albañil)
Jaime Vaca (Enfermo / Pelirrojo / Nazi / Coronel)
Gaspar Ramírez (Director)
Patricia Riquelme (Marita)
Laura Pons (Enfermera)
Mario Parra (Cirujano / Celador #2 / Caducado Lunar)
César del Álamo (Abuela / Celador #1 / Técnico / Soldado #2 )

Año: 2007
Duración: 77 min.
País: España
Director: Juanjo Ramírez
Guion: Juanjo Ramírez
Fotografía: Alby Ojeda
Música: Andrés de la Torre, Javier López Vila
Género: Animación. Intriga. Terror
Distribuidor: PERRO VERDE FILMS,S.L.

Filmaffinity

IMDB

Tráiler de ‘Gritos en el pasillo’

Sinopsis

En esta película realizada con cacahuetes como personajes, un prestigioso ilustrador de cuentos infantiles es contratado por el director de un MANIcomio. Su misión allí será decorar las paredes con sus dibujos, para mejorar el ambiente del lugar. Parece un trabajo fácil, pero las cosas se complican cuando el dibujante descubre un oscuro pasillo tras el que se escuchan unos gritos escalofriantes…



Artesania y esfuerzo

El germen de Gritos en el pasillo hay que buscarlo en el aula de una Universidad. El director Sevillano Juanjo Ramírez le propuso a su amigo y compañero Alby Ojeda hacer su trabajo audiovisual de fin de carrera usando cacahuetes. El proyecto tendría que esperar aún unos años más, ya lejos de la universidad, para empezar a coger forma. Finalmente, los frutos secos cobraron vida dentro de una sala sin ventanas del Centro de Arte Juan Ismael en Fuerteventura. Comenzaba un arduo camino, lleno de altibajos, que culminaba con su estreno en el año 2007.

El equipo de Gritos en el pasillo es capaz de crear un universo completo desde cero. Un trabajo manual de años entre escenarios y personajes del que pueden sentirse muy orgullosos. Como ejemplo, las más de trescientas versiones que realizaron del cacahuete protagonista, al que pone voz un magistral Gonzalo Navas (La mujer que hablaba con los muertos). Y así, gracias al material reciclado que iban consiguiendo y a mucho, mucho esfuerzo, este MANIcomio fue poco a poco haciéndose realidad.

Un manicomio que bebe en parte del mundo de Lovecraft y Poe (de los que el director se declara admirador) y que nos transporta al mejor Tim Burton y al Terry Gilliam de 12 monos. Unas influencias que también se perciben en la fotografía de Alby Ojeda, en la que los juegos de luces y sombras nos recuerdan al expresionismo alemán de Nosferatu. Palabras mayores para una cinta pequeñita, en todas las acepciones de la palabra.

Gritos en el pasillo

Un thriller con aroma a clásico

La historia de Gritos en el pasillo no busca ser original. En palabras de Juanjo Ramírez: “bastante estábamos arriesgando ya en el apartado técnico para enredarnos también en un guion demasiado complejo”. Y eso no es en absoluto algo negativo. La historia funciona hasta tal punto que llega un momento en el que olvidas que estás viendo a cacahuetes con peluca y cara pintada y te dejas arrastrar por la intensidad de lo que sucede ante tus ojos.

El personaje protagonista es un ilustrador contratado para decorar las paredes de una institución mental en decadencia. Sus paseos por los estrechos y oscuros pasillos son un reflejo de un viaje interior que le va alejando poco a poco de la cordura. El espectador, como el dibujante, se encuentra inmerso en una trama de atmósfera claustrofóbica en la que nada es lo que parece y que culmina con un giro inesperado de lo más efectivo.

Gritos en el pasillo

Conclusión de ‘Gritos en el pasillo’

Gritos en el pasillo, de Juanjo Ramírez, es una joya de la animación española que ha pasado injustamente desapercibida para una gran parte del público. Una historia de ritmo frenético con una original puesta en escena y un sentido del humor cargado de mala leche.

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