La parada de los monstruos es un insólito drama, a veces incluido en el género de terror por algunos momentos concretos, centrado en los avatares de un grupo de personas con alguna deformidad o peculiaridad física (los llamados freaks) que sirven de atracción en un circo. La película, aparte de ser un sonoro fracaso, fue enormemente controvertida por ser «demasiado grotesca». A causa de ello tuvo que recortarse casi media hora de metraje y, aun así, estuvo vedada en varios países, como Reino Unido, donde estuvo prohibida treinta años. El director es un especialista del terror y lo macabro, Tod Browning, director de Drácula (1931) o Garras humanas (1927).



La parada de los monstruos

Crítica de ‘La parada de los monstruos’

Ficha Técnica

Título: La parada de los monstruos
Título original: Freaks

Reparto:
Wallace Ford (Phroso)
Leila Hyams (Venus)
Olga Baclanova (Cleopatra)
Roscoe Ates (Roscoe)
Henry Victor (Hércules)

Año: 1932
Duración: 64 min
País: Estados Unidos
Director: Tod Browning
Guion: Willis Goldbeck, Leon Gordon & Al Boasberg
Fotografía: Merrit B. Gerstad
Música: Jacques Offenbach
Género: Drama
Distribuidora: Classic Films

Filmaffinity

IMDb

Tráiler de ‘La parada de los monstruos’

Sinopsis de ‘La parada de los monstruos’

La parada de los monstruos se ambienta en un circo lleno de seres deformes, tullidos y personas con diversas amputaciones. Hans, uno de los enanos, hereda una fortuna. A partir de ese momento, Cleopatra, una bella trapecista, intentará seducirlo para hacerse con su dinero. Para lograr su objetivo, traza un plan contando con la complicidad de Hércules, el forzudo del circo. (CLASSIC FILMS).

Premios

  • Premio Nacional de Preservación Cinematográfica. Estados Unidos. 1994.


La parada de los monstruos
Foto de Classic Films

Apuntes del natural

Una de las virtudes de La parada de los monstruos es el tono natural y cotidiano de su relato, mostrando con solvencia lo que podría ser la vida de una compañía circense en los primeros años de La Gran Depresión. Este costumbrismo es aún más meritorio si tenemos en cuenta que incluye también día a día de los freaks y sus deformidades; no es un tema baladí si tenemos en cuenta la época de rodaje y que los actores sufrían realmente las anormalidades físicas: acondroplasia (enanismo), microrocefalia, hermanas siamesas, mujeres barbudas, torsos humanos… Todo este naturalismo fue demasiado para el público de los años treinta, incapaz de asimilar cualquier síntoma de deformidad.

La parada de los monstruos, por lo tanto, también sirve de termómetro moral de una época con notables reservas de intolerancia (huelga decir como acabaron los años 30), si bien algunas actitudes siguen estando plenamente vigentes. Mientras Tod Browning se afanaba en mostrarnos a los freaks como seres llenos de dignidad, bondad y ternura, los humanos a uno y otro lado de la pantalla abominaban de ellos. Eso sí, con el tiempo han aprendido a hacer piña y protegerse; estas pobres personas obedecen a una tácita ley, ofende a uno y los ofenderás a todos.

Foto de Classic Films

Algo huele a podrido en el circo

El relato original, Spurs de Tod Robbins, se centraba casi mayormente en la relación entre el enano Hans (Harry Earles) y la taimada trapecista Cleopatra (Olga Baclanova); la película va más allá. Hans tiene una relación con Frieda (Daisy Earles), también enana, pero entre ellos se interpone Cleopatra. La trapecista, medio en broma, seduce a Hans, pero cuando se entera de que éste ha heredado una gran fortuna su plan será mucho más funesto. Planeará casarse con Hans y luego liquidarlo para quedarse con las riquezas. Hans parece hipnotizado por Cleopatra, que además está conchabada con el bruto de Hércules (Henry Victor, el forzudo del circo); pero el resto de Freaks quizá no sean tan fáciles de convencer. Y defienden a los suyos.

Esta historia es el hilo que da coherencia, que hilvana la narración de La parada de los monstruos. Gran parte del metraje son escenas de cotidianidad que tienen como aliado el afilado verismo de todo lo filmado. A veces nos sentiremos incómodos por como tratan a los freaks, otras nos iremos sumergiendo en su mentalidad, que incluye un inquebrantable espíritu de grupo y un candor que solo se rompe ante la amenaza externa. A decir verdad no son una tribu exenta de la compañía de gente «normal» (nótense las comillas), pero saben protegerse.

Particularmente entrañables  son los microcefálicos Zip y Pip (Jenny Lee Snow y Elvira Snow) o Frieda. Las hermanas siamesas (Daisy y Violet Hilton) añaden un extraño humor y puede que hasta algo morbo. Tampoco hay que perder de vista a otro acondroplásico como Angeleno (Angelo Rossitto) y demás actores con deformidades que se irán sucediendo. Quizá Tod Browning pretendía enfrentar al espectador con lo inusual y así, actos sencillos como alguien sin extremidades superiores  encendiéndose un cigarro con los pies se convierten en subversivos.

Foto de Classic Films

Orígenes e influencia

A la hora de rodar La parada de los monstruos Tod Browning tenía un certero conocimiento de causa sobre el tema circense. En su adolescencia trabajó en papeles de diversa índole en un circo, y posteriormente lo hizo en una sala de variedades. Este bagaje de juventud se nota en el amor que supura cada fotograma por el circo en general y por los freaks en particular. No es, por lo tanto, descabellado decir que este mundo es una constante para Tod Browning, toda vez que dirigió otras películas con el circo como entorno de desarrollo de la acción. Un aventajado ejemplo es Garras humanas (1927), un tremebundo drama donde de nuevo hay un trío amoroso en un circo que dará lugar a situaciones verdaderamente grotescas. También es digna de mención El trío fantástico (1925), donde se narran las andanzas de unos titiriteros.

La parada de los monstruos, a pesar de haber sufrido un diverso surtido de censuras e incluso denuestos de la propia productora (la Metro nada menos), ha obtenido el resarcimiento de haberse convertirse en una película de culto con una nada desdeñable prole de películas influencia por la obra de Tod Browning. Podemos mencionara Lynch y su pasión por la deformidad en Cabeza borradora (1977) y sobre todo en El hombre elefante (1980). Tampoco sería descabellado nombrar a David Cronemberg y sus desvaríos con el body horror  y la nueva carneIncluso una serie como American horror story basa su cuarta temporada en freaks similares a los de La parada de los monstruos. Un poco más de cerca nos pilla Álex de la Iglesia cuya admiración por el cine de Tod Browning fue manifiesta en Balada triste de trompeta (2010).

La parada de los monstruos
Foto de Classic Films

Conclusión

La parada de los monstruos es una película que surgió como una anomalía y todavía hoy, casi noventa años después, sigue teniendo una fragancia algo extraña y perturbadora. Tod Browning hace que la película sea a un tiempo un drama siniestro, un tierno alegato a favor de la diversidad, y una taxativa defensa de lo deforme. También flirtea con el terror, quizá también hacia nosotros mismos. Cuando vemos la película sentimos que los monstruos no son los freaks, sino, a veces, los que son (somos) tenidos por «normales».

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