El Teatro La Latina de Madrid representó Las troyanas del 24 al 28 de junio de 2026. Carlota Ferrer dirige esta tragedia clásica con Isabel Ordaz encabezando el reparto como Hécuba. El elenco se completa con Mina el Hammani (Helena de Troya), Cristóbal Suárez (Taltibio), Carlos Beluga (Menelao), María Vázquez (Casandra), Selam Ortega (Corifeo) y Ana Erdozain (Políxena), quien también firma la coreografía junto a Ferrer. El equipo técnico incluye a Francesc Galcerán como ayudante de dirección, David Picazo en iluminación, Tagore González en sonido, Emilio Valenzuela en videoscena e Isidoro López como ayudante de escenografía. Eva Paniagua dirige la producción y Juanfran García ejerce como jefe de producción. Una producción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Producciones Come y Calla que reflexiona sobre las consecuencias de la guerra desde la perspectiva de las mujeres vencidas.
Título: Las troyanas Título original: Las troyanas
Reparto: Isabel Ordaz (Hécuba) Carlota Ferrer (Andrómaca) Mina El Hammani (Helena de Troya) Cristóbal Suárez (Taltibio) Carlos Beluga (Menelao) María Vázquez (Casandra) Selam Ortega (Corifeo) Ana Erdozain (Políxena)
Duración: 110 min. aprox. Dirección: Carlota Ferrer Adaptación: Isabel Ordaz y Carlota Ferrer Ayudante de dirección: Francesc Galcerán Diseño de escenografía y vestuario: Carlota Ferrer Diseño de iluminación: David Picazo Sonido: Tagore González Diseño de videoscena: Emilio Valenzuela Coreografía: Ana Erdozain y Carlota Ferrer Ayudante de escenografía: Isidoro López Dirección de producción: Eva Paniagua Jefe de producción: Juanfran García Distribución: Fran Ávila Producción: Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Producciones Come y Calla
Tráiler de 'Las troyanas'
Sinopsis de 'Las troyanas'
Las troyanas nos lleva a un campamento griego en las afueras de la ciudad saqueada de Troya, las mujeres troyanas capturadas y su reina, Hécuba, se lamentan de sus tribulaciones, mientras esperan los resultados de un sorteo que determinará su destino. Todas las mujeres de la familia real que queden vivas, víctimas de la crueldad de los conquistadores pasarán a ser propiedad de los griegos. Mientras Troya es destruida en llamas, las mujeres desesperadas serán llevadas a los barcos que las llevarán a través del Egeo para convertirse en esclavas en las casas de los vencedores griegos. La tragedia no solo se encuentra en su fortuna irreversible, sino también en la resistencia que muestran ante la adversidad. Aunque el dolor sea inevitable, la búsqueda de significado siempre persiste. (TEATRO LA LATINA).
Foto de Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Producciones Come y Calla
El castigo de ser mujer
Isabel Ordaz y Carlota Ferrer se adentran en Las troyanas de forma directa, con la intención de trasladar las consecuencias en las derrotadas de la Guerra de Troya. Así, se alejan de una mirada plenamente histórica para trasladarla al presente, donde las guerras siguen apabullando el pensamiento de la sociedad. Por este motivo, se encuentra una perspectiva interesante en la forma de dialogar entre presente y pasado, sobre todo, poniendo el foco en cómo las mujeres siempre son las grandes perdedoras de cualquier conflicto bélico. La razón es que son usadas como moneda de cambio y eso el libreto lo expone de una manera ferviente y directa. En este sentido, debe aplaudirse que Ordaz y Ferrer sean consecuentes con lo que desean contar.
El problema surge en la composición de esta historia, la cual se introduce en un laberinto de reclamos, venganzas y pasiones que no termina de encajar del todo. Por ello, el puzzle, aunque en un primer momento parezca encajar de una forma positiva, acaba convirtiéndose en una exposición reiterativa del dolor. A pesar de buscar los claroscuros en sus personajes, la lucha de poderes y de vivencias envuelve a una Hécuba trágica frente a una Helena de Troya y Menelao excesivamente románticos. En consecuencia, se queda entre dos mares que no llegan a buen puerto. Aun así, se valora positivamente el cuidado del lenguaje y de los diálogos. Podría haber sido una obra majestuosa, que falla en su desarrollo narrativo, pero no en su forma.
Foto de Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Producciones Come y Calla
Isabel Ordaz, pletórica
Isabel Ordaz maneja con potencia escénica Las troyanas como una Hécuba oscura, llena de dolor, algo que se puede ver desde un primer momento en su interpretación. Una labor escénica explosiva, que deja anonadados a los espectadores. La voz es uno de sus principales reclamos, junto a un control de movimiento y expresión que consigue obtener una actuación redonda. Mina El Hammani y Carlos Beluga luchan por tener la solidez de su compañera, aunque no consiguen alcanzar ese punto monumental. Carlota Ferrer ofrece una Andrómaca muy personal, con matices y una gran verosimilitud. Por su lado, Cristóbal Suárez impacta al espectador y deja en su retina su trabajo escénico, sobresaliente a nivel corporal. Por último, María Vázquez, Selam Ortega y Ana Erdozain completan el reparto de forma solvente y creíble.
La puesta en escena traslada a los espectadores a una imagen que resulta familiar por los enfrentamientos bélicos que asolan la actualidad sociocultural. Ahí es donde reside el simbolismo que desea acompañar a su narrativa antes comentada. Sin embargo, acaba por convertirse en una mera exposición visual que sobresale en su escaparate artístico, pero que no aporta realmente mucho. Lo mismo sucede con la parte más performativa, como la danza, que es estéticamente lúcida, pero no consigue encajar con el resto del entramado artístico. Por último, el ritmo se centra en exceso en su contemplación, acabando por transitar lentamente por el sendero de lo dramático.
Foto de Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Producciones Come y Calla
Conclusión
Las troyanas busca transferir el dolor de la derrota, poniendo el foco en las mujeres y su papel en los conflictos bélicos. El libreto muestra coherentemente este mensaje y es lo que más se valora de ello. Sin embargo, el desarrollo no logra la brillantez de su punto de vista. El elenco actoral ofrece una labor conjunta plausible, aunque cabe destacar la gran labor de Isabel Ordaz, Carlota Ferrer y Cristóbal Suárez. La puesta en escena es una combinación visual de gran calidad, que termina quedándose en la contemplación estética sin desarrollar todo su potencial dramático. Un laberinto de dolor que no logra encontrar su salida de una forma efectiva.
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