Luna Park (1992) es una coproducción entre Rusia y Francia dirigida por el cineasta Pavel Lungin poco después de la caída del bloque soviético. Como muchas películas de los años noventa rusos, se trata de una obra mal hilvanada, caótica, tediosa, pedante y no por todo esto menos magnética. Cine de un período que en el futuro debería estudiarse por tener unas características tan marcadas como conjunto como lo estuvo en su momento el Neorrealismo italiano o la Nouvelle Vague francesa.



Luna Park

Crítica de Luna Park

Ficha Técnica

Título: Luna Park
Título original: Luna Park

Reparto:
Oleg Borisov (Naoum Kheifitz)
Andrei Gutin (Andrei)
Natalya Egorova (Alyona)
Nonna Mordyukova (Aunt)
Mikhail Golubovich (Tipo mudo)
Aleksandr Feklistov (Boris Ivanovich)
Tatyana Lebedkova (Prostituta)
Aleksandr Savin (Saniok)
Rita Gladunko (Lechera)
Igor Zolotovitskiy (Dueño del restaurante)
Inga Ilm (Niña)
Vadim Pashkov (Piton)

Año: 1992
Duración: 106 min.
País: Rusia
Director: Pavel Lungin
Guion: Pavel Lungin
Fotografía: Denis Yevstigneyev
Música: Oleg Karavaychuk, Isaac Schwarts
Género: Drama. Racismo
Distribuidor:

Filmaffinity

IMDB

Tráiler de Luna Park

Sinopsis

Andrei es el jefe de una pandilla de skinheads antisemitas que se aferran a los viejos ideales comunistas en el Moscú poscomunista. Cuando se entera de que su padre perdido hace tiempo es un bohemio judío que vive en Moscú, en lugar de un héroe de guerra de Afganistán, lo rastrea para matarlo. Pero el intrigante padre y su estilo de vida «reaccionario» pronto fascinan a Andrei, lo que provoca un enfrentamiento con su pandilla.

Premios

  • Festival de Cannes: Nominada a la Palma de Oro (mejor película). 1992


¿La American History X rusa?

Un crítico de pacotilla o un sensacionalista resumiría Luna Park como la American History X rusa. Ambas presentan la evolución de un personaje neonazi que se da cuenta del error que genera la violencia por la violencia y deciden enmendarse. Nada más lejos de la realidad, si en la cinta americana nos encontramos con una película comercial que presenta sucesos que van del punto A al punto B, en la película de Lungin nos encontramos con una película tan absolutamente caótica y sucia que es fácil perderse veinte veces durante el visionado de la misma.

Nuestro personaje principal está interpretado por Andrey Gutin, un neonazi que vive con su madre interpretada por Natalya Yegorova, en un Luna Park, es decir, una especie de parque de atracciones. En la primera secuencia ya se nos presenta el tono del filme, cuando vemos al personaje de Andrey (quien por cierto su personaje recibe el mismo nombre) liderando a su banda de nacionalistas contra una banda de moteros en una pelea que roza el paroxismo por el absurdo del concepto.

Sin embargo hay un misterio que envuelve la vida de Andrey, y es que no sabe quien es su padre. Finalmente, su madre le dirá la verdad, su padre es un compositor judío. Algo que hará tambalear toda la ideología del propio personaje. En la segunda parte del filme, el personaje de Andrey tratará de establecer contacto con su padre judío, interpretado por Oleg Borisov, un veteranísimo actor.

Una estética asquerosa

 Luna Park, como muchísimas obras de estos años noventa rusos está hecha a propósito con la intención de provocar asco en el espectador. Un asco que se mueve en muchas direcciones. Una de ellas son las escenas del grupo nazi ejerciendo su absurda violencia (aunque la película no explora ningún sensacionalismo violento, no como en otras películas del subgénero). Un asco que también va especialmente en su estética, con una fotografía decrépita que nos presenta un mundo que se cae a pedazos, en su expresión literal (cuando nos adentramos en el piso donde vive el padre, un submundo donde viven todos los males de la nueva sociedad capitalista). Un asco que sólo termina con la redención, en un final agridulce.

El nacionalismo como un virus infeccioso

El comunismo había caído y con él las teorías sobre el internacionalismo. Surgió en los noventa y con mucha fuerza un nacionalismo ruso que como vemos en la película, en una de sus variantes llegó al extremismo de formar grupúsculos neonazis. En este sentido, la película, tan temprana históricamente hablando, anticipa un problema del que aún no se ha librado Rusia, y es la compaginación del comunismo internacionalista y a la vez la historia y tradición rusa, que inevitablemente han de chocar, a pesar de que el gobierno de Putin ha sabido en los últimos tiempos hacer una mezcolanza un tanto extraña de ambas direcciones.

La película retrata precisamente como estos grupúsculos nazis utilizan la bandera rusa para cometer sus actos antisemíticos y en contra de los homosexuales. Evidentemente el filme se posiciona en contra y denuncia el absurdo de las teorías que muestran a los personajes, que se mueven únicamente por el odio.

Sin embargo la película es tan caótica, que no se para a diseccionar explícitamente el odio, simplemente nos lo presenta aderezado de una gran cantidad de escenas que en ocasiones no tienen un sentido directo en la trama. De todas maneras que la película cumplió y cumple sus objetivos de denuncia puede comprobarse en los propios comentarios que hay en Youtube (el filme está entero en esta plataforma) donde muchos neonazis rusos siguen tildando al filme de pro sionista y de ir en contra del propio país.

Pavel Lungin, un director rompecabezas

Podemos decir sin miedo a equivocarnos que Pavel Lungin es uno de los directores con más personalidad del cine ruso. En todas sus películas hay una constante: La reconstrucción de la identidad rusa después de la caída del comunismo. En su obra más famosa, Exorcismo, 2008 o en El Zar, 2009 donde exploraba el nuevo sentido de la religión después de los acontecimientos políticos. Con Luna Park, Lungin explora el papel del nacionalismo en la nueva Rusia. Era un tema candente en el arte de aquella época, y lo podemos ver en otras cintas coetáneas como Russia That we’ve lost, 1992 de Stanislav Goborujin.

Conclusión

Luna Park es una película solo apta para los cinéfilos más arriesgados, aquellos que ya han visto de todo y quieren probar nuevas sensaciones. En el ámbito local, el filme es una pieza más en el rompecabezas del cine ruso de los años noventa, una etapa a redescubrir.

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