Terrence Malick puede no ser un cineasta tan reconocido como Martin Scorsese o Quentin Tarantino. Aunque sí guarda cierta amistad con el primero, y la misma pasión por el cine que el segundo, Malick tiene, aún así, un gran número de seguidores. No habría distribuido Fox Searchlight Pictures su última película, Vida Oculta, de lo contrario.

Los fans de Terrence Malick

Los fans de Malick, además, le son fieles. Nunca juzgan sus planos interminables, imágenes recurso o grandes dilemas existenciales. Igual que tampoco dan importancia a que apenas concede entrevistas, o a que no tenga redes sociales. A diferencia de los espectadores de otros autores como Christopher Nolan o Woody Allen, que no siempre quedan satisfechos con las cintas de sus ídolos, el espectador medio de Malick confía a ciegas en él, le cuente lo que quiera contarle, normalmente filmado bajo el objetivo de Emmanuel Lubezki (ganador de tres premios Óscar a Mejor Fotografía).

Descubrir la fidelidad de los fans de Malick fue para mí una auténtica revelación. Mi experiencia con su cine había sido bastante pobre, igual que con muchos otros directores importantes, así que me animé a mí misma a concederle a su cine y a muchas otras obras maestras que me habían pasado desapercibidas una segunda oportunidad.

Terrence Malick y El árbol de la vida

El cine y sus segundas oportunidades

Igual a más de uno os ha pasado. Tú te pones una película, sin demasiadas ganas de pensar, pero, de pronto, esta empieza a descolocarte. Tal vez, porque ha soltado mucha información de golpe, o, por el contrario, porque tu cerebro necesite algo de acción, mientras que al director indie de turno no le guste lo inmediato, y prefiera tenerte haciendo de rogar, esperando (cansado) la gran historia que te ha venido a contar. Es ahí, cuando barajas si estás a tiempo de cambiar de película, a pesar de todas las alabanzas que has oído o leído sobre ella. Puede que por miedo a comerte otra cinta pretenciosa sin valor, o peor, arriesgarte a que por tu actitud en ese momento, no te guste la última obra maestra del séptimo arte.

Hasta yo, cinéfila pura de alma y corazón, he pasado por esto, y no me enorgullezco. Hasta hace dos días, creía que El árbol de la vida era un extraño proyecto filosófico-científico de Terrence Malick para dárselas de genio. Y es que, en su momento, no soporté ni la llama del principio, ni las explosiones y planos de dinosaurios, que seguían a los lloros de la siempre maravillosa Jessica Chastain por haber perdido a su hijo. Es triste, pero tantas excentricidades me perdieron como espectadora del cineasta texano entonces, y, hoy, se me cae la cara de vergüenza por ello.

Terrence Malick y El árbol de la vida

Sin saberlo, o, al menos, sin querer saberlo, me había perdido una radiografía moral impecable de ese hombre «tan imperfecto» que creemos «perfecto», además de un retrato inigualable sobre la pérdida, la culpa y la necesidad de perdón. Ya no solo sobre el perdón de Dios, que también ocupa una parte fundamental del metraje, sino también sobre el indulto a uno mismo, y el de sus seres queridos, que no siempre están vivos para concederlo.

Terrence Malick también creció en una familia con problemas, su hermano terminó suicidándose, y él no estuvo ahí. Ni antes, ni después. Cuando le llamó su padre, estaba terminando su primera película, a punto de graduarse del American Film Institute de Los Ángeles, a solo un paso de convertirse en director de cine. Se perdió el funeral, y, como aparece en la cinta, nunca se lo pudo perdonar.

En El árbol de la vida, el cineasta, todavía roto por dentro, y proyectado en una leyenda del celuloide como es Sean Penn, desnuda su alma, con una oda al amor de madre, un grito de ayuda a Dios de un niño y de un hombre, que no recibió respuesta cuando más le necesitaba.

Terrence Malick y El árbol de la vida

Tolerar el aburrimiento

Después de reconciliarme con Terrence Malick, del que, antes, solo había visto su icónica La delgada línea roja, decidí seguir dando segundas oportunidades. En palabras de Juan Rubio, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria experto en el cine de Andrei Tarkovski, aprendí a «tener tolerancia con el propio aburrimiento».

Existen las películas aburridas, aquellas con vagos argumentos que no terminan de ser originales. Por ejemplo, las clásicas tv movies de los sábados por la tarde. Sin embargo, el cine de verdad, el que se hace con fundamento, nunca debería resultar aburrido. Al menos, para un cinéfilo.

La realidad según Richard Linklater

Peor que con El árbol de la vida lamento, todavía más, haber llegado a desprestigiar Boyhood de Richard Linklater. Teniendo la trilogía de Antes del amanecer casi como filosofía de vida y religión, no entiendo aún cómo fui capaz de permitir que los comentarios negativos sobre la supuesta «banalidad» de su argumento me hicieran empezarla con desgana, y no prestarle la atención apropiada.

Al volver a verla, un día después de dejarme deslumbrar por El árbol de la vida, surgió en mí una pregunta: ¿Por qué nos obcecamos en ver sólo la acción de las películas, en lugar de disfrutar de lo bonito que puede ser a veces un retrato de la realidad? Hay diálogos en las películas de Linklater que deberían estudiarse en la universidad.

También texano, Richard Linklater se dio a conocer gracias a su trilogía, ya mencionada, de Antes del amanecer. Tres películas de amor nacidas de un encuentro real que tuvo el cineasta con Amy Lehrhaupt, una joven no francesa a la que prometió hacerle una película una noche en Filadelfia. Igual que Malick, Linklater se valió de la experiencia personal para rodar su gran éxito, sin embargo, él no volvió a ver a su chica, a diferencia del personaje de Ethan Hawke en las secuelas.

El árbol de la vida

La historia de Boyhood no es tan trágica. Aunque si es por el morbo, Lorelei Linklater (la niña) es su hija. De primeras, el argumento de la cinta puede parecer pretencioso. Que hayan tardado doce años en grabarla no parece un argumento lo suficientemente convincente para verla, pero sí puede serlo saber que, gracias a ello, empatizarás todavía más con sus personajes. Sin CGI, ni segundos actores. Solo la misma familia con problemas madurando y creciendo delante de la cámara, tal vez de forma banal para algunos, pero extraordinariamente bella para aquellos que sepan verla.

Entiendo que, a veces, pueda cansarnos la falta de acontecimientos ficticios en una película, al fin y al cabo, el cine es la industria del entretenimiento, para muchos una vía de escape del día a día. No obstante, el cine también es un arte, el séptimo, y para aquellos que compartan esto, Linklater y Malick seguirán haciendo películas.

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