El Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional acoge, del 17 de mayo al 21 de junio, Una buena vida, la pieza más personal de la autora y directora Carolina África. Tras sufrir un grave accidente, África se abre en canal para transformar su propia fragilidad en una conmovedora comedia dramática interpretada por ella misma junto a Ahimsa y Jorge Kent.
Título: Una buena vida Título original: Una buena vida
Reparto: Carolina África Ahimsa Jorge Kent
Duración: 90 min. apróx. Dirección: Carolina África Dramaturgia: Carolina África Voz en off: Pilar Manso, Sergio Provencio e Irene Provencio Escenografía y vestuario: Pablo Menor Palomo Iluminación: Rodrigo Ortega Sonido: Pilar Calvo Videoescena: Davitxun Martínez y Alma Prieto-Chicken Films Ayudante de dirección: Laura Cortón Ayudante de escenografía y vestuario: Alberto González Araujo Estudiantes en prácticas: Violeta Ares y Jorge Yugueros Diseño de cartel: Emilio Lorente Fotografía y vídeo: Bárbara Sánchez Palomero Tráiler: Macarena Díaz Realizaciones - Escenografía: READEST Realizaciones - Vestuario: Puntadas Luna Producción: Centro Dramático Nacional
Tráiler de 'Una buena vida'
Sinopsis de 'Una buena vida'
En la habitación de un hospital público nos adentramos en el corazón y el alma de dos pacientes y un enfermero.
Una relación triangular para mostrar la fragilidad humana, la importancia de los cuidados y para hablar de hemorroides, de mitos griegos, de vaginas, de nieve y de pájaros.
Amor, humor y esperanza en tiempos de tormentas. Una oda a la intimidad y la ternura en la búsqueda de Una buena vida. (CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL).
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Una historia reconocible
Carolina África ya demostró, con su díptico Verano en diciembre y Otoño en abril, su capacidad para retratar la vida cotidiana como un ritual teatral de forma interesante. Por ello, no sorprende que Una buena vida logre una historia emotiva y cercana que conecte rápidamente con el espectador. Los personajes son muy humanos y reconocibles para el gran público, aunque cabe destacar la dificultad de generar esa cercanía sin caer en el cliché. La obra se sustenta en experiencias vitales especialmente identificables para los madrileños, ya que se contextualiza en un momento histórico reciente que combina dos fenómenos aún presentes en la cultura popular.
Hay que aplaudir la representación de las personas mayores en esta obra. Lejos de infantilizarlas o buscar una empatía forzada, las aborda de forma real y necesaria. Lo mismo ocurre con el retrato de los cuidados profesionales sanitarios. Sin embargo, la dramaturgia presenta algunos aspectos que podrían matizarse. La cotidianidad ocupa dos terceras partes de la historia, por lo que se echa en falta un cambio de ritmo o acción antes del desenlace. La primera parte tarda algo más en encontrar una conexión completamente orgánica con el espectador. Por último, aunque se comprende la intención del preludio previo al inicio, este resulta un recurso arriesgado que puede generar cierta incomodidad inicial. Aun así, Carolina África lo resuelve con inteligencia, transformando esa tensión en un eficaz «ahora se entiende por qué».
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
La naturalidad de lo cotidiano
Uno de los puntos fuertes de Una buena vida es su elenco. En primer lugar, destaca la interpretación de Ahimsa, quien asume un reto muy complejo y lo resuelve de manera magnífica, emocionando en cada momento. Carolina África también ofrece un trabajo sobresaliente, sustentado en una naturalidad que mantiene de principio a fin. De este modo, consigue plasmar los claroscuros de un personaje al que se adora y que saca de quicio a partes iguales, pero que siempre desprende una ternura cautivadora. Sin duda, pura humanidad. Por su parte, Jorge Kent firma una labor impoluta, llena de sensibilidad y matices. El uso de la mascarilla, lejos de ser un obstáculo, no le impide expresarse con la mirada, el cuerpo y la emoción. Un trabajo dramático de altura que culmina en un final donde demuestra su gran talla actoral. Visceralidad, sensibilidad y contundencia.
Se debe valorar cuando una producción va más allá de lo esperable y expande su universo más allá del escenario. En este caso, la experiencia comienza incluso antes de entrar al patio de butacas, una elección muy acertada. La escenografía se limita a un único espacio donde transcurre toda la acción, con un diseño sencillo y pulcro. Sin embargo, han sabido enriquecerlo con un apoyo audiovisual que aporta dinamismo. Destaca, sobre todo, el trabajo de movimiento, con una comedia física que sienta muy bien al montaje. La música también hace apariciones sutiles, pero de gran carga emotiva. Por último, cabe subrayar el cuidado de los detalles y un ritmo ligero y disfrutable.
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Conclusión
Una buena vida es un canto a la existencia, a los cuidados y a la empatía. Una dramaturgia personal que destaca por su humanidad, su cotidianidad y su cercanía. El trabajo actoral se erige como uno de los pilares del montaje. La puesta en escena sobresale en el movimiento, el diseño sonoro y el uso de audiovisuales, creando un conjunto orgánico. Una reflexión accesible y profunda, que aborda de cerca acontecimientos recientes y la emoción compartida ante ellos.
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