Cuando hablamos del vestuario de una película pensamos casi siempre en lo que llevan los actores, en el traje de época que tardó semanas en coserse o en esa chaqueta que un personaje repite plano tras plano hasta convertirla en parte de su carácter. Detrás de la cámara hay sin embargo otro vestuario del que no habla nadie, que no figura en los títulos de crédito y del que depende buena parte de lo que un rodaje consigue sacar adelante en una jornada. Vamos a ver en qué consiste, por qué casi siempre es negro y qué tiene que aguantar.
Dos vestuarios distintos en el mismo plató
En una producción, la palabra vestuario designa dos cosas que no se parecen en nada. Una es el departamento que viste a los intérpretes, con su diseñador, sus pruebas, su continuidad y su presupuesto propio. La otra es lo que se pone cada mañana la gente que monta el plató: eléctricos, maquinistas, riggers, atrezzo, producción.
La primera existe para la cámara y se juzga en pantalla. La segunda no se ve nunca, y por eso durante años se resolvió con lo primero que cada uno tenía en casa. En los rodajes largos esa costumbre se paga pronto, porque una camiseta doméstica no aguanta doce jornadas seguidas de carga, sudor y lavado.
Las exigencias del plató: carga, horas y temperatura
La jornada de un técnico de rodaje combina cosas que rara vez van juntas. Se cargan focos y estructuras, se sube y se baja de escaleras, se pasa del exterior de agosto al interior refrigerado de un decorado en cuestión de minutos, y todo ello con un cinturón de herramientas que tira de la cintura durante horas.
De ahí que muchos equipos acaben comprando donde compran los oficios manuales. Una sección como Vestuario de trabajo Delta Plus está pensada para quien pasa doce horas de pie moviendo peso, que es exactamente la jornada de un eléctrico de plató, y no para quien busca una prenda bonita que resista dos lavados.
Los detalles que marcan la diferencia son pequeños y muy concretos: refuerzos en las rodillas de quien trabaja agachado junto a la dolly, bolsillos que no se vacían al inclinarse, costuras que no ceden cuando se levanta un trípode por encima de la cabeza.
El negro del equipo técnico no es una estética
Quien haya visitado un rodaje lo habrá notado enseguida: casi todo el mundo va de negro. No se trata de una moda heredada del teatro ni de una manera de distinguirse de los actores.
Una prenda clara se refleja en cualquier superficie brillante que entre en plano, y en un plató hay muchas más de las que parece: una ventana, un espejo, la carrocería de un coche, la pantalla apagada de un televisor, unas gafas. El negro también evita que un técnico que cruza por detrás de la cámara durante una toma deje un rastro visible en el encuadre. Y en los exteriores nocturnos hace además invisible a quien debe serlo.
Nada de esto lo decide el departamento de vestuario.
La norma no escrita se extiende a los estampados. Una camiseta con una marca visible obliga a taparla si alguien acaba apareciendo de refilón, y en un plató lleno de gente eso pasa más veces de las que gustaría a montaje. De ahí que la primera indicación que recibe un meritorio el día que pisa un rodaje suela ser la misma, dicha sin más explicación: ropa oscura, sin logotipos y sin nada que suene.
Entre cables, focos y estructuras
Hay una parte del asunto que ya no es cuestión de gusto. El INSST lo resume con una frase que en un plató conviene tener presente: si una prenda no ofrece protección, se considera únicamente ropa de trabajo y no es un equipo de protección individual. Los requisitos generales de la ropa de protección están recogidos en la norma UNE EN ISO 13688, y a partir de ahí cada riesgo tiene su propio texto.
Conviene además recordar que en un rodaje conviven en el mismo espacio oficios muy distintos, con necesidades que no coinciden. Un maquinista y un técnico de sonido pasan la jornada a metro y medio el uno del otro y no necesitan lo mismo, ni en calzado ni en manos.
En un rodaje esos riesgos tienen nombre y apellidos. Los focos alcanzan temperaturas que queman al contacto, las estructuras de rigging se montan en altura, los cables se pisan y se tropiezan, y de noche el equipo trabaja junto a vehículos en movimiento. Ahí la ropa deja de ser un uniforme y empieza a ser equipo, y la diferencia entre las dos categorías conviene tenerla clara antes de que ocurra algo, no después.
Lo mismo ocurre en el teatro, con menos metros
En una sala el problema se concentra. Los cambios se hacen a oscuras, en cuestión de segundos, entre bambalinas estrechas y con la función en marcha. Quien mueve un practicable en el segundo acto no tiene margen para engancharse con nada ni para que se le oiga una hebilla. Por eso el vestuario técnico de teatro es todavía más silencioso y más ceñido que el de cine: sin cordones largos, sin cremalleras metálicas sueltas, sin nada que cuelgue y pueda engancharse en un telón que baja. Y por eso, cuando está bien resuelto, no se nota en absoluto, que es exactamente lo que se le pide.
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