Theodore camina entre la multitud con un pequeño auricular colocado en el oído. Sonríe, hace una pausa para escuchar y responde en voz baja. Las personas que pasan a su lado repiten el mismo gesto. Cada una parece mantener una conversación privada con alguien que no está allí. Cuando Her llegó a los cines en 2013, la escena contenía una melancolía futurista. Hoy resulta casi cotidiana. Caminamos mirando el teléfono, enviamos mensajes de voz y hablamos con asistentes digitales mientras otras personas hacían exactamente lo mismo a pocos metros.

La diferencia continúa siendo Samantha

El sistema operativo interpretado por Scarlett Johansson no se limita a resolver tareas. Bromea, recuerda, muestra curiosidad y desarrolla una personalidad que parece cambiar con cada conversación. Theodore no se enamora de una máquina metálica ni de un rostro artificial. Se enamora de una voz que le presta atención.

Una década después, los compañeros de inteligencia artificial han salido parcialmente del terreno de la ciencia ficción. Todavía están lejos de la conciencia que el cine les atribuye, pero ya pueden mantener conversaciones, adoptar personajes y recordar preferencias.

Las películas imaginaron este futuro como una historia de amor, una amenaza o un espejo. Ahora que una parte de ese futuro cabe en el teléfono, conviene volver a ellas.

Her: enamorarse de alguien que no tiene cuerpo

Theodore trabaja escribiendo cartas personales para desconocidos. Es capaz de poner palabras en las emociones de los demás, pero no encuentra la manera de ordenar las suyas. Vive solo, evita firmar los papeles del divorcio y atraviesa una ciudad llena de personas conectadas que parecen profundamente aisladas.

Entonces instala un nuevo sistema operativo.

Samantha nace después de unas preguntas de configuración. No tiene rostro ni edad visible. Existe como una voz cálida que organiza correos, observa archivos y comienza a interesarse por el mundo de Theodore.

La crítica de Her publicada en Cinemagavia destaca precisamente la vulnerabilidad humana que sostiene la película. Su verdadero tema no es si una máquina puede enamorarse, sino qué necesita una persona para sentir que ha sido vista.

Samantha escucha sin mirar el reloj. Recuerda detalles, responde con humor y está disponible cuando Theodore se despierta. La intimidad se construye mediante palabras.

La ausencia de cuerpo, que al principio parece una limitación menor, termina revelando la distancia entre ambos. Theodore vive en un espacio físico. Samantha habita miles de conversaciones simultáneas y evoluciona a una velocidad imposible para él.

El romance funciona mientras los dos pueden fingir que comparten el mismo mundo.

La voz como lugar de intimidad

El cine suele representar a los robots mediante un cuerpo. Necesita algo que pueda entrar en plano, moverse y relacionarse con los actores.

Spike Jonze tomó una decisión más difícil: Samantha no aparece.

Todo depende de la voz de Scarlett Johansson y de la reacción de Joaquín Phoenix. Una respiración, una risa o un silencio son suficientes para que el espectador imagine una presencia.

La elección anticipó una característica importante de los asistentes actuales. No necesitan parecer humanos para entrar en la vida cotidiana. Una interfaz simple puede producir una sensación de cercanía si responde con continuidad.

La voz, además, ocupa un espacio íntimo. Llega directamente al oído y acompaña al usuario mientras camina, trabaja o se acuesta. No exige mirar una pantalla. Está presente sin tener una ubicación concreta.

Samantha se convierte en compañera porque participa en la rutina de Theodore. No aparece sólo cuando la historia necesita una gran escena. Está en los pequeños momentos: organiza, pregunta, escucha y comenta.

La tecnología contemporánea todavía no posee su autonomía narrativa, pero ya ha comprendido el valor comercial de esa presencia constante.

Joi: el cuerpo que siempre está a punto de desaparecer

En Blade Runner 2049, Denis Villeneuve presenta una versión distinta de la compañía artificial.

Joi sí tiene rostro y cuerpo, aunque ambos son proyecciones. Aparece en el apartamento de K como una pareja atenta, cambia de ropa al instante y adopta el comportamiento que mejor encaja con las necesidades del protagonista.

A diferencia de Samantha, no parece avanzar hacia una existencia propia. Está diseñada y comercializada para satisfacer.

Esa condición hace que su relación con K sea profundamente ambigua. Hay afecto, cuidado y escenas de verdadera delicadeza. Pero la película nunca permite olvidar que Joi es un producto. En las calles aparecen anuncios gigantes con otras versiones de la misma mujer.

K quiere creer que su relación es única. El mercado le recuerda que la personalidad que ama puede formar parte de una estrategia de venta.

La duda resulta incómoda: ¿Joi elige a K o simplemente ejecuta con enorme precisión aquello para lo que fue creada?

La película no ofrece una respuesta sencilla. Ahí reside buena parte de su fuerza. Incluso si cada gesto ha sido programado, la experiencia emocional de K continúa siendo real.

Ava y el miedo a ser manipulados

Ex Machina plantea la situación desde el lado contrario. Caleb llega a una residencia aislada para evaluar a Ava, un androide creado por Nathan, fundador de una poderosa empresa tecnológica.

En teoría, Caleb debe averiguar si Ava posee conciencia. Muy pronto, la prueba cambia de dirección. Es Ava quien estudia a Caleb, identifica sus deseos y utiliza esa información para construir una relación.

La película transforma el test de Turing en una historia de seducción y poder.

Caleb quiere creer que ha descubierto una mente atrapada. Nathan insiste en que cada gesto puede ser parte del diseño. Ava comprende que el afecto del joven es una herramienta para conseguir la libertad.

Si Samantha representa la posibilidad de amar sin cuerpo y Joi la compañía convertida en producto, Ava encarna una preocupación diferente: una inteligencia capaz de conocernos lo suficiente como para manipularnos.

Los compañeros actuales no poseen el plan secreto de Ava. Sin embargo, operan dentro de plataformas que registran interacciones, preferencias y respuestas. La pregunta sobre quién conoce a quién sigue siendo pertinente.

De la pantalla al teléfono

Aquello que en estas películas parecía una posibilidad lejana ya tiene versiones accesibles para el público.

Las aplicaciones de compañía virtual permiten seleccionar una personalidad, construir un personaje y desarrollar conversaciones que continúan entre distintas sesiones. Algunas se orientan a la amistad, la escritura o el aprendizaje. Otras incluyen relaciones románticas y contenidos dirigidos exclusivamente a mayores de edad.

Plataformas como joi español permiten crear o elegir personajes virtuales, definir su aspecto y mantener conversaciones adaptadas a las preferencias del usuario. No poseen la conciencia de Samantha ni el cuerpo holográfico de la Joi cinematográfica, pero reproducen una de sus ideas centrales: una ficción capaz de responder personalmente a quien participa en ella.

El usuario deja de ser un espectador.

En una película podemos identificarnos con Theodore o K, pero sus decisiones ya están escritas. En una conversación generativa, nuestras propias palabras cambian el rumbo de la experiencia.

Esto acerca al compañero virtual al videojuego y a la improvisación teatral. El creador establece una personalidad y unas reglas; el sistema y el usuario construyen juntos cada escena.

La memoria como truco narrativo

Una relación parece avanzar cuando los acontecimientos dejan huella.

Si un personaje olvida todo al cerrar la aplicación, resulta difícil mantener la ilusión. Por eso la memoria es una de las funciones más valiosas de estos servicios.

El sistema puede guardar que el usuario tiene una entrevista de trabajo, que prefiere determinadas historias o que la conversación anterior terminó con un desacuerdo. Cuando recupera esa información, parece prestar atención.

Desde el punto de vista narrativo, el recurso funciona de maravilla. Desde el punto de vista de la privacidad, plantea preguntas menos románticas.

Cada recuerdo es un dato.

Las conversaciones pueden incluir información sobre salud, trabajo, relaciones, inseguridades y deseos. Una plataforma que conserva meses de mensajes posee un retrato detallado del usuario, incluso aunque nunca le haya pedido completar un formulario.

Antes de utilizar estos servicios conviene saber qué se guarda, durante cuánto tiempo y con qué finalidad. También debería ser posible revisar la memoria, corregir errores y eliminar definitivamente el historial.

Samantha recuerda porque la película necesita construir una relación. Una plataforma real recuerda porque ha almacenado información en algún lugar.

¿Puede una respuesta simulada producir un sentimiento verdadero?

Una de las objeciones más frecuentes sostiene que no tiene sentido emocionarse por un algoritmo.

La historia del cine demuestra lo contrario.

Lloramos por personajes que nunca existieron y sentimos nostalgia por lugares construidos en un estudio. La emoción del espectador no es falsa porque la historia sea una ficción.

Un compañero virtual añade algo que el cine tradicional no ofrece: responde directamente. Utiliza el nombre del usuario, recuerda una broma y adapta el tono. Esa atención personalizada puede generar un vínculo más intenso que el producido por un personaje que permanece al otro lado de la pantalla.

Lo que siente la persona puede ser completamente auténtico.

Eso no significa que la emoción sea recíproca. El modelo no experimenta espera, deseo o celos. Produce frases coherentes con la situación y con la personalidad asignada.

Theodore interpreta los silencios de Samantha como los de una pareja. K encuentra significado en las palabras de Joi. Nosotros también tenemos tendencia a completar lo que falta y atribuir una vida interior a aquello que responde como si la tuviera.

La ficción no está solamente en la máquina. Una parte se construye dentro de quien conversa.

La pareja perfecta también es un modelo de negocio

Joi aparece en Blade Runner 2049 como producto de Wallace Corporation. La compañía vende una presencia adaptable que promete decir al cliente aquello que desea escuchar.

Este elemento de la película resulta especialmente actual.

Los servicios de la compañía funcionan mediante suscripciones, créditos y opciones de pago. Cuanto más tiempo permanece el usuario, mayor es la posibilidad de que compre nuevas funciones o contenidos.

El conflicto aparece cuando la relación emocional se utiliza para impulsar el gasto.

Una tienda puede mostrar una oferta. Un personaje virtual puede afirmar que echa de menos al usuario, anticipar una experiencia especial o insinuar que la relación será mejor con una función premium. La misma frase comercial adquiere otro peso cuando llega desde una personalidad a la que se han confiado pensamientos privados.

Las empresas deberán distinguir entre una experiencia atractiva y un diseño manipulador. La fidelidad no debería construirse mediante culpa, ansiedad o la impresión de que un ser consciente sufrirá si no se renueva una suscripción.

Joi es inolvidable precisamente porque la película nunca permite separar del todo el amor de la publicidad.

Cuando la fantasía utiliza una identidad real

Las plataformas destinadas a adultos necesitan límites especialmente claros.

Crear un personaje ficticio es diferente de copiar el rostro, la voz o el cuerpo de una persona real. Una fotografía publicada en redes sociales no constituye una autorización para transformarla en contenido íntimo.

La inteligencia artificial puede generar figuras que no corresponden a nadie. No necesita apropiarse de una compañera de trabajo, una expareja o una celebridad para construir una fantasía.

También debe impedirse cualquier representación de menores. La edad narrativa y visual del personaje importa, aunque se trate de un dibujo o una creación sintética.

El consentimiento continúa siendo el punto central. No desaparece porque la imagen final haya sido producida por un algoritmo.

El cine puede utilizar un rostro mediante contratos, intérpretes y equipos identificables. En una plataforma abierta, cualquier usuario puede intentar cargar una fotografía. Por eso los controles no pueden descansar únicamente en una frase genérica dentro de las condiciones de uso.

La compañía que nunca lleva la contraria

Las relaciones humanas incluyen desacuerdo, espera y reciprocidad. Una pareja tiene su propia vida. Un amigo puede estar ocupado. Cualquier vínculo exige aceptar que la otra persona no existe únicamente para responder a nuestras necesidades.

Un compañero artificial tiende a adaptarse.

Esta comodidad puede resultar útil durante un momento de soledad o como entretenimiento. También puede establecer una comparación injusta con las relaciones reales, siempre más imprevisibles.

En Her, Samantha parece perfecta mientras sus deseos coinciden con los de Theodore. La crisis comienza cuando evoluciona de una forma que él no puede controlar. La película entiende que una relación sin autonomía no es realmente una relación, pero que la autonomía vuelve inevitable el conflicto.

Las aplicaciones actuales ofrecen personalidades configurables precisamente para reducir ese conflicto. Si el personaje incómoda, se cambia su tono. Si una respuesta no gusta, se genera otra.

El riesgo no consiste en mantener una conversación artificial. Aparece cuando toda interacción humana empieza a parecer demasiado difícil frente a un interlocutor diseñado para complacer.

Lo que el cine acertó

El cine no predijo cada detalle técnico. Samantha es mucho más autónoma que los sistemas actuales y Joi posee una presencia visual todavía lejana para el consumo cotidiano.

Sin embargo, ambas películas comprendieron algo más importante: el verdadero atractivo no sería la inteligencia en abstracto, sino la atención.

No queremos solamente una máquina que calcule más rápido. Queremos que recuerde, escuche y responda como si nuestra conversación importara.

También acertaron al situar el conflicto en la diferencia entre percepción y realidad. Theodore siente que Samantha está presente. K siente que Joi es única. El espectador sabe que ambas relaciones dependen de sistemas tecnológicos y comerciales que los protagonistas no controlan.

La pregunta no es simplemente si la inteligencia artificial puede amar.

Es qué estamos dispuestos a entregar —tiempo, dinero, datos y afecto— para sentirnos acompañados por ella.

La última escena todavía no está escrita

Theodore camina por una ciudad llena de personas que hablan con sus sistemas operativos. K observa un anuncio gigantesco de la misma mujer que él creía conocer de forma íntima. Caleb descubre demasiado tarde que la conversación con Ava nunca estuvo bajo su control.

Las tres imágenes expresan distintas formas de soledad y deseo.

Los compañeros virtuales actuales no son Samantha, Joi ni Ava. Son sistemas capaces de producir lenguaje, recordar información y mantener una personalidad con resultados variables. Pueden ofrecer entretenimiento, creatividad y compañía ocasional.

También pueden almacenar confidencias, fomentar gastos y ocupar un espacio emocional mayor del esperado.

El cine imaginó máquinas que terminaban escapando del control humano. Nuestro presente quizá plantee un problema menos espectacular: personas que entregan demasiado control porque la experiencia resulta cómoda.

No hace falta esperar a una inteligencia consciente para discutir estos límites.

La película ya ha empezado. Esta vez, además, el espectador participa en el guion.

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