En 1962 llegó a la gran pantalla un título que más tarde se convertiría en todo un clásico. Días de vino y rosas consiguió marcar en el mundo del cine y todavía sigue siendo recordada por amantes del séptimo arte. David Serrano adapta el texto original, a partir de la realizada por Owen McCafferty, basado en el guion original de JP Miller. Dirigido por José Luis Sáiz, cuenta con Marcial Álvarez y Cristina Charro en los papeles protagonistas. Una producción de ADN Teatro, que estará en los Teatros Luchana desde el 21 de febrero hasta el 28 de marzo.



Días de vino y rosas

Crítica de ‘Días de vino y rosas’

Ficha Técnica

Título: Días de vino y rosas
Título original: Days of Wine and Roses

Reparto:
Cristina Charro (Sandra)
Marcial Álvarez (Luis)

Duración: 75 min. apróx.
Dirección: José Luis Sáiz
Adaptación: David Serrano
Vestuario: Lupe Valero
Ayudante de dirección: Carlos Chacón
Diseño de iluminación: Alejandro de Torres
Foto: Encarna Martínez y Elena Martínez
Vídeo: David Ruiz y Txus Jiménez
Género: Drama
Producción: ADN Teatro

Tráiler de ‘Días de vino y rosas’

Sinopsis de ‘Días de vino y rosas’

Días de vino y rosas nos presenta a Sandra y Luis. Se conocen en un aeropuerto rumbo a Nueva York. Cada uno tiene puestas sus ilusiones y proyectos en esa ciudad. Lo que no saben es que ese primer encuentro es el principio de su historia de amor.
«Contigo hasta el infierno», Sandra le dice a Luis mientras brindan felices en el piso donde iniciarán una vida juntos. La adicción al alcohol comienza a dominar sus vidas y el camino parece oscurecerse. Afrontarlo es la única escapatoria. (ADN TEATRO)


Días de vino y rosas
Foto de ADN Teatro

Del clásico a las tablas

En 1962 se estrenó Días de vino y rosas, uno de los clásicos del cine que sigue resonando en las mentes de los espectadores. Sin embargo, el origen de dicho largometraje tuvo su lugar en la pequeña pantalla. David Serrano recupera la historia de Kirsten y Joe con una adaptación teatral, basada en la versión teatralizada que ya hizo en su día Owen McCafferty. El guion realiza una visión en el que no goza más que del impacto de los actores y de la propia palabra, por lo que el libreto demuestra su calidad al realizar un esquema fundamentado sobre la emoción. Las palabras que danzan entre los dos personajes, retumban en el espectador y no hay ninguna banalidad, al contrario, hay tanta verdad y sentimiento, que cala en el espectador sin necesidad de provocarlo. El público se emociona de principio a fin.

Además, Serrano introduce el factor sociocultural al utilizar el imaginario español y darle ciertas pinceladas para seguir hablando desde un lenguaje universal con un plano más cercano de identidad. Aunque es un matiz, se puede ver como el dramaturgo ha querido respetar el guion original, pero dando su propia visión y dotándole otro tipo de perspectiva. El tema principal, ya conocido por el público de antemano, se desarrolla desde una complejidad que emana desde las entrañas de la adicción. No hay un ápice de frivolidad, prueba de ello es la relación que hay entre los personajes principales, tan cruda y verosímil como la propia realidad. Beben de una honestidad que, por suerte, esta versión no ha desvirtuado, sino que ha transformado de forma efectiva. Realizar una adaptación es un proceso difícil que Serrano ha resuelto más que satisfactoriamente.

Foto de ADN Teatro

El desgarro inmersivo

La elegancia y complejidad de un texto como Días de vino y rosas deja un nivel dramático muy alto, por lo que los intérpretes, en este caso, son una pieza fundamental al no poder apoyarse en más elementos que la puesta minimalista y su propia interpretación. Marcial Álvarez y Cristina Charro son los encargados de dar vida a Luis y Sandra, esta pareja que va desde la nube del enamoramiento hasta las vísceras de una pesadilla en vida. Álvarez tiene una fuerza escénica que deja sin habla al espectador. Ofrece una interpretación con tantos niveles, que su trabajo se convierte en una de las mejores actuaciones vistas en el teatro. Tiene una crudeza, un dolor… Se deja el alma sobre la pieza y se rompe de tal forma que es imposible apartar la mirada del escenario.

La otra cara de la moneda es Cristina Charro. Una evolución tan bien trabajada, que dota de una pasión a su interpretación, dejándose la piel y todo su ser sobre el escenario. La energía que transmite es tan fuerte que se expande a todos los asistentes. Por lo cual, se puede comprobar tal intensidad sobre las tablas que sobrecoge. Es muy difícil transmitir con el silencio y Charro lo hace a la perfección. Es tan auténtica que se convierte en un retrato andante de la reflexión, de la introspección… Al igual que Álvarez, no duda en mimetizarse con las sensaciones que hay puestas sobre la mesa. Ambos tienen una química, que se convierte en una sinergia que experimenta una huella en el sentir de los asistentes. Gracias a estas interpretaciones tan desgarradoras, tambalean las paredes del teatro y llegan a lo más recóndito del público.

Foto de ADN Teatro

La aparente sencillez

Al hacer una adaptación proveniente de un producto cinematográfico o televisivo es complicado saber trasladar todos esos elementos y crear una puesta en escena que transmita todo ello. Con esta versión de Días de vino y rosas, sorprende al no dar una composición que cuente con multitud de elementos en escena, sino que construye desde un minimalismo elegante que termina por fabricar el espacio con el propio ejercicio sensitivo de las interpretaciones de los actores y el guion. Sin embargo, los elementos de atrezzo se mueven, definiendo en cada escena el significado que quieren transmitir. De esta forma, establece una coreografía interesante en el que nada queda estático y llevan a un motivo con cada acción que se toma. Esa forma de recrear el infierno interno de una pareja es espectacular y termina por satisfacer todas las inquietudes de los espectadores.

El montaje con el que se desarrolla la acción parte desde una expresividad tan explícita como necesaria. Algunos de los momentos más duros de la obra, se convierten en un rompecabezas en el que la violencia, el pudor, la decepción, el descontrol y sobre todo el querer, van encontrando su lugar. Lo manejan con una maestría excelente. Por ello, el uso de la iluminación es tan necesario. Hay una composición lumínica que atrapa al público y que se fusiona con la acción de escena, formando un conglomerado único. Junto a ello, se suma la estructura musical en la que lejos de utilizar un solo estilo sonoro, varía en un amplio rango en el que se suple la palabra y habla desde la emoción. Crean una coreografía tan sensible y delicada, que al llegar al colofón final, solo queda asumir la conmoción del impacto y posterior, sentimiento. Teatro en estado puro. 

Días de vino y rosas
Foto de ADN Teatro

Conclusión

Días de vino y rosas es teatro vivo, teatro que hace vibrar al público. Una adaptación que respeta la producción original, pero la dota de su propia personalidad. Hay una sensibilidad tanto en el texto como en la composición escénica, que es imprescindible de ver. Marcial Álvarez y Cristina Charro demuestran ser dos grandes actores, dejándose la piel y entrando en un universo muy visceral y pasional sin ningún ápice de flaqueza. Son el alma de la obra y llegan a tal intensidad, que expande todo ese sentir a las butacas. Son extraordinarios y de las mejores interpretaciones de teatro de lo que llevamos de año.

Una puesta en escena sencilla que va creando un puzzle complejo de sensaciones en el que se unen la iluminación y la composición sonora. Es un deleite para los asistentes, una obra elevada. Un regreso a la reflexión de la adicción desde un prisma crudo y sin adorno, pero tan necesario de ver por su contenido como por la gran calidad que le acompaña. Una muestra de la vorágine de sensaciones que el teatro puede hacer sentir y por qué es imprescindible cuidarlo. Una obra que se convierte en obligatoria e impacta directamente al corazón.

Únete a nuestro CANAL DE TELEGRAM

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí