Corría el año 1922 cuando el expresionista Nosferatu de Friedrich Wilhelm Murnau provocó gritos de verdadero terror entre los espectadores de un cine todavía silente. El vampiro se presentaba por primera vez en escena, aunque no de una manera oficial, pues los herederos de Bram Stoker, el autor de 'Drácula' (1897), denunciaron al cineasta por plagio. Para ese debut canónico, habría que esperar al Drácula (1931) de Tod Browning.
Crítica de 'Drácula (1931)'
Resumen
Ficha Técnica
Título: Drácula
Título original: Dracula
Reparto:
Bela Lugosi (El conde Drácula)
Helen Chandler (Mina)
David Manners (John Harker)
Dwight Frye (Renfield)
Edward Van Sloan (Van Helsing)
Herbert Bunston (Doctor Seward)
Frances Dade (Lucy)
Joan Standing (Maid)
Charles K. Gerrard (Martin)
Carla Laemmle (Pasajero de autobús)
Año: 1931
Duración: 72 min.
País: Estados Unidos
Director: Tod Browning
Guion: Garrett Fort, Dudley Murphy. Novela: Bram Stoker. Obra: Hamilton Deane, John L. Balderston
Fotografía: Karl Freund (B&W)
Música: Música clásica: Richard Wagner, Pyotr Ilyich Tchaikovsky
Género: Terror
Distribuidor: Universal Pictures
Tráiler de 'Drácula (1931)'
Sinopsis
Ésta es una de las primeras versiones sobre el mítico vampiro. Fue realizada por la Universal, productora especializada en el cine de terror. El conde Drácula abandona los Cárpatos y se traslada a Occidente, llevándose como sirviente a un contable. Una vez instalado, se enamora de una joven que ya está prometida. Empieza a a visitarla por las noches y va bebiendo su sangre poco a poco para convertirla así en su esposa. Pero el malestar que sufre la joven alerta a su familia, que busca la ayuda del doctor Van Helsing.
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De las librerías a las salas
Para ser exactos, esta primera película con el temible noble transilvano como protagonista no se basó directamente en la novela del autor irlandés, sino que tomó como primera referencia una obra de teatro derivada, que sería estrenada en Broadway bajo la firma de Hamilton Deane y John L. Balderston, allá por 1927. Y esa fusión de literatura gótica, drama espectacular y un cine sonoro transformado ya en arte de masas fue precisamente lo que dio a luz a una criatura destinada a convertirse en leyenda de la gran pantalla.
Encontrar el rostro idóneo para encarnar a semejante presencia no parecía, a priori, una tarea nada fácil, pero Tod Browning lo tuvo muy claro desde un principio. Qué mejor elección que un actor que ya había demostrado sobre las tablas las cualidades necesarias para mimetizarse con el chupasangres más ilustre; un tipo con facciones siniestras, un aura de misterio sinigual y un acento de la misma Europa Oriental que vio alzarse al príncipe apodado como Vlad el Empalador en medio de la oscuridad medieval: Bela Lugosi.
El personaje engulle a la persona
Este intérprete emigrado a América desde su Hungría natal y forjado sobre los escenarios a ambos lados del Atlántico tenía ante sí otro reto mayúsculo: suceder al que había sido hasta entonces la estrella fulgurante de los estudios Universal, Lon Chaney, fallecido inesperadamente en su pleno apogeo, como si el cine mudo que le elevó a lo más alto hubiera querido llevárselo a la tumba con él. Y el desconocido Béla Ferenc Dezső Blaskó dio la talla, hasta el punto de que Drácula se terminó transmutando en él, y viceversa.
Porque, qué sería del famoso conde sin esa mirada penetrante, ese retorcido juego de manos y ese singular manejo de la capa, que se expande cual bestia alada al tiempo que oculta lo que queda detrás. Iconos, todos ellos, fijados en un imaginario colectivo cuyo continente no es otro que unos decorados puramente teatrales, como ese castillo en penumbra, esa escalera sin fin, esos salones plagados de telarañas o esa cripta con ataúd para el descanso eterno incluido, en la que los murciélagos campan a sus anchas.
Dos pioneros con mala fortuna
Sin olvidar una merecida mención al Van Helsing de Edward Van Sloan o el Renfield de Dwight Frye, fue el carisma del Drácula de Bela Lugosi el que sentó los cimientos del universo cinematográfico de los monstruos de la Universal, antes de que el Frankenstein (1931) que James Whale le brindó a Boris Karloff acaparase todas las miradas. Ironías del destino, Lugosi rechazó este papel, que inicialmente iba a recaer en él, argumentando que un auténtico actor no precisa de prótesis ni de maquillaje para acongojar al público.
Pero 'Drácula' tampoco sería 'Drácula' sin la maestría de Tod Browning, brillante director que inició su trayectoria en el mudo, a la vera del mismísimo D. W. Griffith, y que como Bela Lugosi, vio su devenir fatalmente sellado tras su paso por esta producción, como si de una película tan maldita como el propio vampiro se tratase. Eso sí, antes de que la industria le devorase del todo, Browning nos legó otro filme de culto donde los haya, esa joya turbadora y a la vez tan humana conocida como La parada de los monstruos (1932).
Conclusión de 'Drácula (1931)'
Numerosos son los Dráculas que han seguido al del dúo Lugosi-Browning, desde el del también atractivo Christopher Lee a la reciente versión dirigida por Luc Besson, pero ninguno ha conseguido acercarse al magnetismo del original. De quedarse con alguno, unos cuantos elegiríamos el homenaje que Tim Burton rinde al actor y a su álter ego en Ed Wood (1994); otra prueba más de que este ser inmortal tiene aún mucho que decir.
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