La infancia constituye un terreno de juego perfecto para muchos cineastas, que se sirven de la mirada inocente de los más pequeños para explorar la realidad sociocultural. En El niño que quería volar, Jorge Muriel (Zumo de limón, El jardín de las delicias) logra plasmar, a través de una fábula redentora, cómo las actitudes tóxicas de los progenitores pueden generar un doloroso impacto en los hijos en edades tempranas.



El niño que quería volar

Crítica de ‘El niño que quería volar’

Ficha Técnica

Título: El niño que quería volar
Título original: El niño que quería volar

Reparto:
Pablo Mérida (Ivan)
Jorge Muriel (Padre)
Sonia de la Antonia (Madre)
Mariana Cordero (Abuela)
Pilar Gómez (Profesora)
Lucía Braña (Ana)
Michelle Pinchete (Miriam)
Jaime Pérez López (Juan)

Año: 2018
Duración: 20 min.
País: España
Director: Jorge Muriel
Guion: Jorge Muriel
Fotografía: Almudena Sánchez
Música: Iñaki Rubio
Género: Drama
Productora: Jaime Bartolomé PC
Distribuidora: Ecam Distribución (Off Ecam)

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Tráiler de ‘El niño que quería volar’

Sinopsis 

Iván es un niño de cinco años muy sensible y lleno de imaginación, que se siente desconcertado al observar las diferencias de trato que su padre le dispensa a él y al resto de sus hermanos. Ansioso por recibir el mismo afecto, su mirada inocente reflejará su incomprensión ante el rol exento de sensibilidad que su padre le conmina a adoptar. 

Premios de ‘El niño que quería volar’

  • Premios Goya: Nominado a Mejor cortometraje de ficción. 2018


Líneas divisorias 

El niño que quería volar es un cortometraje ambientado en el Madrid de los años 80, pero su contexto podría pertenecer al de muchas familias actuales. Y es que, durante mucho tiempo, se ha producido una perpetuación de los roles de género capaz de provocar choques en la visión de un niño, ansioso por entender el mundo que le rodea.  

Iván sabe que los niños juegan a fútbol y que las niñas juegan a la comba: así se lo dice a su profesora, preocupada al ver el aislamiento del niño. Lejos de sus deseos, se ve impelido a ocupar su rol en la sociedad basado en unos parámetros de masculinidad y feminidad exclusorios y nada saludables. Su curiosidad le lleva a observar cómo las niñas bailan ballet; se intercambia la ropa con su amiga y obtiene un exabrupto de su propia madre (“y tú qué eras, ¿la novia?”), dejando clara la línea divisoria de género y generando confusión en una mente mucho más saludable que la de sus mayores. 

El cortometraje de Jorge Muriel nos ayuda a reflexionar, a través de la cotidianidad, sobre cómo la naturalidad con la que aceptamos convencionalismos arcaicos -el color azul para los niños y el rosa, para las niñas-, puede llegar a ser tan dañino como la forma en que la madre de Iván le espeta que no es natural que un chico vista ropas de niña. Difuminar la línea que hace diferente a hombres y a mujeres es algo a combatir desde la infancia, ya que sus consecuencias tienen su eco en una la sociedad presente, todavía anclada en el pasado en muchos aspectos.

El niño que quería volar
Fotos de Jaime Bartolomé PC y Jorge Muriel PC

En busca del afecto paterno 

El cortometraje de Muriel se centra principalmente en cómo evoluciona la relación entre Iván y su padre, interpretado por él mismo. La figura paterna es representada con trazos autoritarios y con una nociva visión de la masculinidad que entiende una señal de afecto como un símbolo de debilidad. Los mismos tropos que la sociedad actual combate por erradicar se ven reflejados en el conflicto interior de un hombre que contempla a su hijo con mirada evaluadora, y donde su propia agresividad se ve contrarrestada por la sensibilidad y el amor más puros.

Las conductas heredadas de padres a hijos son un mal endémico de nuestra sociedad que requiere ser superado. La alternativa, tal y como vemos a lo largo del cortometraje, es una losa capaz de quebrar todo lo puro y lo bueno que pueden aportar las siguientes generaciones. Una lección que tanto nosotros como el propio personaje del padre de Iván debemos asimilar para avanzar como sociedad. 

El niño que quería volar
Foto de Jaime Bartolomé PC y Jorge Muriel PC

Animales enjaulados y heridos 

Los animales tienen un papel muy importante en El niño que quería volar a la hora de reforzar y establecer símiles con los estados de ánimo de Iván. Su gatito es un animal dulce y vulnerable que reclama atención y busca el cobijo y la protección de la madre; los pájaros, si bien constituyen un recurso harto manido a la hora de plasmar la libertad enjaulada, funcionan como un elemento recurrente sobre los anhelos de Iván. Los acontecimientos desvelan cómo es posible ejercer una muerte simbólica sobre la inocencia infantil, con las consecuencias que ello implica. 

La curiosidad elemental

La curiosidad es, sin duda, uno de los aspectos que fomentan el aprendizaje de los pequeños, haciendo que se hagan preguntas sobre la vida a temprana edad. Vemos como Iván empieza a hacerse preguntas sobre procesos tan naturales en el ser humano como la sexualidad y la muerte, ambos conceptos muy relacionados en la mitología del eros y del thanatos y que desembocan en preguntas fundamentales. 

¿En qué se diferencia un niño de una niña? ¿Qué significan los ruidos procedentes de la habitación de los padres al caer la noche? ¿Dónde te vas cuando te mueres? Gracias a la interpretación de Pablo Mérida y a la buena dirección de Muriel, podemos ver cómo todas esas preguntas empiezan a hacer mella en su conducta, tomando la forma de idea abstracta en que la sexualidad puede verse como algo sucio o la muerte como una liberación carente de sufrimiento y ataduras. 

Pablo Mérida
Foto de Jaime Bartolomé PC y Jorge Muriel PC

La sabiduría de los niños

El cortometraje empieza con una frase de Federico García Lorca:

“Mi casa tenía un patio enorme donde jugaba. Cuando lo vi, con veinte años, era tan pequeño que me parecía increíble que hubiera podido volar tanto por él.” 

Un perfecto resumen de cómo la infancia implica una poderosa mirada imaginativa, capaz de impartir valiosas lecciones y lograr cosas tan fantásticas como que un padre reconecte de nuevo con lo que significa ser un niño. Y, también, para que Iván finalmente obtenga ese abrazo tan anhelado, para así ya no dedicarle más sueños.   

Guerreros

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