En 1983, el estallido repentino de un vehĆ­culo abre el paso al majestuoso coro final Ā«Wir Setzen Uns mit TrƤnen NiederĀ», perteneciente a La pasión segĆŗn San Mateo de Johann Sebastian Bach. Desde sus primeros compases, la obra busca transformar cada fotograma en una composición musical pura. Contempladas desde la penumbra nocturna, las luces incandescentes de Las Vegas emergen como un sofisticado y ostentoso Camelot. Los tres ejes dramĆ”ticos de la trama —Ace Rothstein, Nicky Santoro y Ginger McKenna— son introducidos con la gravedad de Bach de fondo y bajo el relato en voz en off de Nicky. Desde el arranque, se despliega una puesta en escena de trazos casi abstractos que funciona como una extensión de la cĆ©lebre Uno de los nuestros (Goodfellas), producida cinco aƱos atrĆ”s, aunque distante en su atmósfera y concepción formal. En lugar de evocar la nostalgia de los viejos tiempos callejeros, la propuesta se adentra en figuras consolidadas en la cĆŗspide del poder, capaces de arrastrar sus vidas y las de su entorno al colapso.

La gran tragedia shakesperiana de Martin Scorsese

Esta propuesta constituye un deslumbrante collage social e histórico, un fresco de la América pretérita y contemporÔnea que adopta los modos de una narrativa de vanguardia. Estrenada apenas dos años después de la delicadeza de La edad de la inocencia (The Age of Innocence), confirma la plenitud creativa de un cineasta sin temores a fracturar el orden clÔsico ni la ortodoxia dramÔtica, volcado en retratar existencias tan tempestuosas como su propia obra. Si su anterior trabajo sobre la mafia relataba el ascenso y caída de gangsters de poca monta que terminaban bajo protección federal, en esta entrega de casino scorsese propone una tragedia de resonancias shakesperianas: una ópera rock donde Arturo, Lancelot y Ginebra habitan castillos de neón y persiguen un Grial moldeado en fajos de billetes, oro y diamantes. En ese deslumbrante ecosistema donde el riesgo y el lujo se entrelazan de forma hipnótica, la atracción por el azar evoca la fascinación que suscitan espacios como Casino Infinity, donde el espectÔculo de la fortuna se convierte en una constante.

El origen del proyecto se remonta al interés del escritor Nicholas Pileggi por la mafia instalada en Las Vegas, surgido tras leer las crónicas sobre una violenta trifulca entre Geri McGee y Frank Rosenthal a las puertas de su residencia. Al profundizar en la investigación, descubrió una trama fascinante que pretendía volcar en una extensa investigación periodística. Cuando el director le propuso trasladar aquel material a la pantalla, ambos trabajaron en paralelo en la redacción del guión y del libro en un proceso vertiginoso. Al iniciar el rodaje en septiembre de 1994, la recopilación de datos continuaba viva. Con esta génesis tan singular, resultaba inevitable que el relato esquivara los esquemas convencionales, alterando incluso las identidades reales: Frank "Lefty" Rosenthal pasó a ser Sam "Ace" Rothstein, Tony Spilotro se convirtió en Nicky Santoro y Geri McGee mutó en Ginger McKenna. Al analizar las claves conceptuales de casino película se percibe esa vocación documental fundida con el drama trÔgico.

Cine-mĆŗsica

«Creo que tienes una impresión equivocada de mí. Creo, francamente, que debería explicarte bien qué es lo que hago. Mañana por la mañana me levantaré pronto, daré un paseo hasta el banco, entraré, y si no tienes mi dinero preparado, te abriré la puta cabeza delante de todo el mundo. Y para cuando salga de la cÔrcel, con un poco de suerte, estarÔs saliendo del coma. ¿Y sabes qué? Volveré a abrirla.»

— Nicky Santoro (Joe Pesci)

Aunque parezca sorprendente, el verdadero Frank Rosenthal lucía vestimentas mucho mÔs estrafalarias que las del impecable Sam Rothstein interpretado por un soberbio Robert De Niro. Por su parte, el Nicky Santoro de Joe Pesci funciona como una expansión del Tommy DeVito que le valió el Oscar, aunque aquí adquiere una dimensión de protagonista absoluto. El trío principal se completa con una extraordinaria Sharon Stone como Ginger McKenna, quien tras el impacto de Instinto BÔsico (Basic Instinct, 1992) buscaba consolidar su prestigio actoral mÔs allÔ de la etiqueta de mito erótico. Para desplegar la complejidad de estas tres vidas cruzadas, el metraje roza las tres horas de duración sin perder ritmo, fruto de un minucioso y exigente proceso de montaje firmado por Thelma Schoonmaker.

El montaje final da lugar a una de las construcciones audiovisuales mÔs arrolladoras del cine contemporÔneo. La cinta evade el anÔlisis convencional debido a su estructura de múltiples capas narrativas, sostenida por una maestría técnica que desemboca en un clímax devastador. Como fenómeno cinematogrÔfico, desde su llegada a las salas con casino 1995 quedó catalogada como una auténtica sinfonía donde colisionan tres fuerzas fundamentales: la desmedida ambición y frialdad de Sam, la deriva autodestructiva y melancólica de Ginger, y la furia destructiva impredecible de Nicky.

La virtuosa realización se apoya en una cÔmara audaz y un corte rítmico que descompone cada secuencia con precisión. Entre los momentos con mayor fuerza expresiva destacan:

  1. La presentación en voz en off de Ginger: Sam describe a su esposa tras conquistarla y entregarle dinero antes de que ella se retire. El movimiento de cÔmara que acompaña la salida de Sharon Stone engarza con su entrada en otra escena distinta, recortando hacia un primer plano y utilizando de nuevo su movilidad para regresar al plano original, sintetizando su destreza para el dinero y su vulnerabilidad frente a Lester Diamond (James Woods).
  2. El desvío de fondos hacia los capos: Con un estilo de impronta casi documental, la cÔmara ignora a Sam y sigue a un intermediario que extrae grandes sumas de las arcas del establecimiento, aborda un avión y entrega el botín en Kansas City, retratando la manera en que los jefes mafiosos sangraban el negocio.
  3. La gestión neurótica del casino: El control minucioso de Sam sobre clientes, tramposos, magnates y políticos es registrado por una cÔmara inquisitiva que emplea panorÔmicas, giros, barridos e iris para capturar el mÔs mínimo detalle operativo.
  4. La confrontación verbal en el desierto: Durante la discusión entre Nicky y Sam, la banda sonora superpone y mezcla dos composiciones musicales diferentes, un recurso sinfónico insólito en el cine narrativo tradicional.

La escalada de tensión y deterioro personal alcanza su cúspide en los últimos treinta minutos, donde la narración refleja la pérdida irremediable de lo que Rothstein define como «el paraíso en la tierra». La demolición progresiva de los antiguos edificios corre pareja a la caída de un imperio y a la extinción del afecto, la lealtad y la libertad.

Conclusión y escena favorita

Consagrada como una obra fundamental en la trayectoria de su autor, la película revisita el universo de los hombres de negocios al margen de la ley con un tono sombrío y maduro que marcó la época dorada del cineasta en los años noventa.

Dentro del metraje, la secuencia mÔs memorable es aquella en la que Sam descubre a dos tramposos comunicÔndose mediante código Morse en las mesas de juego. El dominio del espacio visual resulta impecable, recurriendo incluso al uso del iris para señalar al estafador. El posterior castigo ejemplar aplicado a las manos del jugador transmite una contundencia física impresionante, demostrando la maestría del director para plasmar el dolor y la crudeza con absoluta veracidad técnica.

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