Del director de Rubber (2010), una película en la que el protagonista es un neumático asesino, nos podíamos esperar cualquier cosa. Y efectivamente, la nueva película de Quentin Dupieux, que pudo verse en el reciente festival de Sitges, es una muestra más de lo irreverente, enfermo y fascinante que es este director, a partes iguales. Le Daim (2019) es una película en la que una chaqueta de cuero da órdenes a su propietario para que este asesine a otras personas con chaquetas. Pero en realidad, es mucho más que eso. En Estados Unidos se estrena el próximo 20 de marzo y en España sin fecha de estreno.



Crítica de ‘Le Daim’

Le Daim

Ficha Técnica

Título original: Le Daim

Reparto:
Jean Dujardin (George
Adèle Haenel (Denise)
Albert Deply (Monsieur B.)
Coralie Russier (El vecino del hotel)
Laurent Nicolas (El recepcionista)
Marie Brunel (La prostituta)

Pierre Gommé (El niño)
Caroline Piette (La banquera)

Año: 2019
País: Francia
Duración: 77 min.
Director: Quentin Dupieux
Guion: Quentin Dupieux
Fotografía: Quentin Dupieux
Música: Jon Ekstrand
Género: Drama. Comedia
Distribuidor: Atelier de Production / Nexus Factory / Umedia / uFund / Garidi Films / arte France Cinéma

Filmaffinity

IMBD

Trailer de ‘Le Daim en VO’

Sinopsis 

Jean Dujardin interpreta a Georges, un hombre del que apenas sabemos nada, más allá de que acaba de comprar por muchísimo dinero una chaqueta de cuero hecha de auténtica piel de ciervo. Y le sienta como un guante. Poco a poco, la chaqueta parece ejercer una influencia maligna en él, llamándole a cometer actos violentos contra otras chaquetas.



¿Pero qué significa Le Daim?

A pesar de ya hace más de cien años que Marcel Duchamp expusiera su urinario en una galería de arte, destruyendo así las concepciones que se tenían sobre lo que podía o no ser arte, aún hoy en día seguimos consumiendo (las cursivas son necesarias) arte, y haciéndonos siempre una pregunta. ¿Qué nos querría decir el autor con esto? Es cierto que Duchamp si quería decirnos algo (no en vano escribió un libro de más de doscientas páginas sobre lo que implicaba su urinario, para todos aquellos que no lo entendieron a la primera), mientras que Quentin Dupieux parece moverse por momentos entre la chaladura, la simple farsa o el art pour l’art que tanto habría complacido a Kant.

Pero sí, también parece dejar algún que otro regalito, de manera sardónica como hacía el propio Duchamp. Aunque también podría disfrutarse Le Daim como una locura más, al mismo estilo que actúan las obras de David Lynch, y tampoco pasaría absolutamente nada.

Le Daim

Porque servidor no ve de manera casual ciertos elementos que aparecen en Le Daim, que sí podrían satisfacer las necesidades que tenemos de que se nos expliquen cosas. Sería demasiada coincidencia todo el aspecto metacinematográfico que nos encontramos en la obra. Nuestro loco protagonista, interpretado de manera casi divina por Jean Dujardin, es un auténtico chalado al que sabemos por un solo diálogo que ha quedado trastocado después de haber roto con su mujer. Es entonces cuando por puro rebote, decide a grabar varias cosas. Después de un par de intentonas, ve un libro de cine y decide hacerse cineasta.

Porque si haces música eres músico, aunque no hayas pasado en tu vida por una escuela de música. Y si escribes, como lo estoy haciendo yo ahora, esto te convierte automáticamente en escritor. Y así tenemos el caso de influencers que por escribir tres líneas creen que se puede comparar a gente como Miguel Hernández. Este relativismo cultural, que ya lo abrió en realidad el propio Duchamp, es al que parece atacar de manera muy irónica Dupieux en su película.

Así, tenemos a un chalado que cogiendo una cámara digital (además para más sorna de las antiguas) y grabándose mientras posa con su chaqueta de cuero (como hace cualquier instagramer haciendo labios delante de un espejo) se cree que está haciendo historia del cine. Y para colmo, una montadora le sigue la corriente. Si Dupieux no se está burlando del relativismo cultural yo no sé nada de cine. Y también podría ser, porque como repito, podría verse Le Daim como una simple colección de locuras y no afectaría en su calidad, porque sigue siendo igualmente magnífica. Es un disparo directo al todo vale y el todo cuenta.

Incluso, este loco podría verse como un reflejo del propio director, y la película que está grabando el personaje como la propia película que estamos contemplando.

Le Daim

Otros aspectos sin importancia

Más allá de esta pedante disertación, resulta difícil hablar de Le Daim. No solo por su surrealismo, sino también porque se trata de una de aquellas películas-atmósfera. A pesar de que Dupieux no parezca demostrar el talento de por ejemplo Lynch detrás de las cámaras, si es capaz de hacer algo tan difícil como elaborar una atmósfera.

Para ello se sirve de numerosos recursos: el elemento del suspense, que sabe dosificar de manera magistral (solo va soltando poco a poco los cabos, pero nunca la película agota al espectador a pesar de lo absurdo), el humor (magistral la secuencia del velatorio), secuencias que podrían funcionar perfectamente de manera aislada por su propia valía artística, y el elemento metacinematográfico anteriormente comentado, que podría hacer incluir la película dentro de las mejores del género slasher.

Deerskin

Funciona mejor que Rubber

Si la comparábamos en la introducción con una película como Rubber es porque al igual que aquella, el director se servía de un elemento cotidiano para darle un papel vital (literalmente). Y al igual que Rubber, se servía de un argumento aparentemente absurdo para volver a realizar una crítica en un contexto muy soterrado.

Pero mientras que en Rubber el filme adolecía de algunos problemas de ritmo, en Le Daim nos encontramos con que el metraje cuenta en todo momento algo que resulta de interés para la historia, y que no es simple relleno. Además a diferencia de su anterior película, aquí el filme tiene una narrativa que a pese a contarnos cosas realmente absurdas, consiguen enganchar al espectador por no distraerse en repeticiones.

Deerskin

Conclusión

Le Daim lo tiene todo para convertirse en película de culto. Quizá no es una película perfecta dentro de los estándares del cine convencional al que estamos acostumbrados, pero es una de las mejores metáforas que existen sobre el relativismo aplicado a las artes plásticas.

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