Hay películas que se ganan al espectador en los primeros minutos. Sanguine, ópera prima de la francesa Marion Le Corroller, es una de ellas. Llegó precedida de mucha expectación tras su paso por Cannes y acaba de ganar el premio a la mejor película en el Festival de Sitges 2026. Se inscribe en el body horror, una corriente que ha vuelto a ponerse de moda gracias a La sustancia, de Coralie Fargeat, aunque bebe de otros autores como la también francesa Julia Ducournau (Crudo, Titane) o el mítico David Cronenberg (La mosca, Videodrome, Cromosoma 3).
Sanguine sigue a Margot (Mara Taquin), una joven que intenta sobrevivir al ritmo despiadado de su residencia en las urgencias de un hospital mientras empieza a atender a pacientes de su edad con síntomas inexplicables, los mismos que comienza a experimentar en su propio cuerpo. Estreno el 27 de noviembre de 2026 en salas de cine españolas.
Crítica de 'Sanguine'
Ficha Técnica
Título: Sanguine
Título original: Species
Reparto:
Mara Taquin (Margot Loiseau)
Karin Viard (Hélène)
Kim Higelin (Pauline Boucheron)
Sami Outalbali (Louis Serraut)
Stefan Crepon (Clément Bescond)
Sonia Faidi (Llla Deschamps)
Edouard Ducamp (Cajero de comida rápida)
Mukit Abdul Hamid (Interno)
Año: 2026
Duración: 101 min.
País: Francia
Director: Marion Le Corroller
Guion: Marion Le Corroller, Thomas Pujol
Fotografía: Guillaume Schiffman
Música: Rob
Género: Terror. Ciencia ficción
Distribuidor: Adso Films
Tráiler de 'Sanguine'
Sinopsis
Margot, una brillante pero insegura estudiante de medicina, lucha por sobrevivir al ritmo frenético de sus prácticas en urgencias. Sin embargo, el agotamiento no es su mayor problema: una oleada de pacientes jóvenes ingresa con síntomas inexplicables que desafían toda lógica clínica. A medida que la frontera entre su diagnóstico y su propia realidad se desdibuja, Margot descubre con horror que su cuerpo está empezando a replicar la misma y misteriosa patología que intenta curar. (Adso Films)
Dónde se puede ver la película en streaming
Un concepto brillante
Lo mejor de Sanguine está en su premisa: el capitalismo como enfermedad. La película no se limita a usar el hospital como decorado para el horror, sino que lo convierte en una maquinaria que devora a quienes la sostienen. La lógica de la productividad, la competitividad extrema y la exigencia de rendimiento sin descanso se traducen literalmente en sangre. El cuerpo deja de pertenecer a quien lo habita y pasa a ser una herramienta que debe mejorar, endurecerse o transformarse para seguir siendo útil, es decir, productivo.
No es casual que la propia directora explicara antes de la proyección que se había inspirado en su experiencia personal trabajando en el sector financiero. Allí sufrió el síndrome de burnout, un estado de agotamiento físico, mental y emocional provocado por el estrés laboral crónico, que en la película traslada al entorno hospitalario para relacionarlo directamente con la salud.
Esta crítica al capitalismo funciona porque no se formula como una teoría, sino a través del cuerpo de los personajes. El horror no procede de un monstruo externo, sino de la idea de que, para encajar en el sistema, hay que dejar de ser humano. Es aquí donde la película encuentra su voz más personal.
Estética de la asfixia
Marion Le Corroller no filma el hospital como un espacio neutro, sino como un organismo hostil que oprime a quienes lo habitan. La fotografía de Guillaume Schiffman apuesta por planos inclinados y lentes de ojo de pez que deforman los pasillos y los rostros, como si la cámara también estuviera sometida al agotamiento de Margot. Los interiores en rojo y blanco, bañados por una luz fría y agresiva, refuerzan esa sensación de asfixia. El lugar destinado a curar se convierte en una cadena de producción donde nadie ni nada puede detenerse.
A ello se suma la música electrónica, un pulso constante que marca el ritmo frenético de los turnos y no da tregua al espectador. Y, por supuesto, los efectos de maquillaje de Pierre-Olivier Persin, que hacen tangible la transformación con una crudeza que incomoda sin caer nunca en lo gratuito. Frente a todo ello, la interpretación naturalista de Mara Taquin funciona como contrapunto: cuanto más contenida es ella, más grotesco resulta lo que le sucede a su cuerpo.
La puesta en escena en Sanguine no se limita a acompañar la historia, sino que la cuenta por sí misma. Cada encuadre, cada color y cada golpe de música transmiten la misma idea que la premisa inicial: un sistema que exprime a quienes lo sostienen hasta deformarlos. Es en este terreno donde Le Corroller demuestra con más claridad su talento como cineasta.
Una guion que da vueltas
Si el concepto es el corazón de la película, el humor es su arma más afilada. Sanguine tiene una mirada mordaz e irónica que, en sus mejores momentos, resulta hilarante. La escena inicial en la hamburguesería es, sin duda, lo más memorable del filme. Una apertura que condensa en pocos minutos todo su discurso con un sentido del absurdo y una mala leche que descolocan y enganchan a partes iguales. Es el tipo de secuencia que marca el tono y promete que lo que viene será incómodo, salvaje y muy divertido.
Sin embargo, ese arranque tan brillante es lo que hace que el desarrollo sepa a poco, porque con esa escena ya se entiende toda la película. Una vez planteada la idea, la historia se dedica a ir y venir sobre el mismo tema sin hacerlo avanzar realmente. Cada nueva escena insiste en lo que ya sabemos: que el sistema exige, que los cuerpos ceden y que la transformación es inevitable. Pero esa insistencia no profundiza ni complica el discurso, simplemente lo repite.
Toda la trama central funciona más como un largo rodeo alrededor de la premisa que como un verdadero desarrollo de la misma. Eso no impide que resulte entretenida, todo sea dicho, y las escenas están bien hiladas. Pero hace tiempo que el espectador ya ha entendido la película. Además, todo desemboca en un final que se intuía desde el principio. No hay ninguna sorpresa ni giro que reconfigure lo visto, ni una escalada que lleve el horror o la sátira a un lugar nuevo. La película da muchas vueltas para llegar exactamente adonde esperábamos. Al mismo punto de partida.
Sanguine promete desmadrarse. Su arranque, su humor y su premisa anuncian una película dispuesta a llevar las cosas al extremo y a desbordarse como lo hacían sus referentes. Pero se queda a medio camino, más preocupada por mantener la coherencia de su metáfora que por atreverse a romperla. Le falta locura justo donde más la necesita.
Conclusión de 'Sanguine'
Sanguine es una película interesante, con una idea muy potente y una crítica al capitalismo tan mordaz como divertida. Su escena inicial justifica por sí sola su visualización y demuestra que Marion Le Corroller tiene una voz propia y un enorme sentido de la ironía. A ello se suma una puesta en escena impecable, que convierte el hospital en un espacio asfixiante y hace sentir al espectador la misma presión que deforma a sus personajes. Sin embargo, la película no consigue sostener ese impulso en su guion. Se enreda en la repetición de su propio discurso y avanza en círculos hacia un final previsible.
Es, en definitiva, una ópera prima prometedora que deja con ganas de más. Promete un desmadre que nunca llega del todo. Se sale del cine con la sensación de haber visto una gran idea rodada con un talento indiscutible. Eso sí, habría funcionado todavía mejor en un formato más breve o con algo más de valentía en su tramo central. Aun así, Le Corroller es un nombre a seguir dentro del nuevo horror corporal francés.
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