Hay quien piensa que Takeshi Kitano hace cine solo para entendidos y esnobs. Pero nada más lejos de la realidad. Se trata de un realizador japonés con reconocimiento internacional por parte de la crítica… y del público. Su filmografía es amplia y diversa, aunque su género más prolífico es el de yakuzas. Y eso que él comenzó su carrera como humorista. Aquí en España, por ejemplo, se dio a conocer por el programa Humor amarillo a principios de los noventa. Aunque el título original era algo así como El castillo de Takeshi, en referencia a él mismo. Destaca por concentrar oficios. Como Juan Palomo, él se lo guisa, él se lo come. De ahí que escriba, dirija, monte y edite cada una de sus películas. Un estilo propio de amateurs, pero, en su caso, más por amor al arte que por falta de medios.

Takeshi Kitano

La filmografía de Takeshi Kitano puede diferenciarse claramente en varias etapas. Pero, vista en retrospectiva, podría considerarse la que comienza con Hana-Bi (1997), premio León de Oro, como la más loable. La cual termina con Zatoichi (2003), su primer film de samuráis. A continuación, repasaremos el recorrido de estos años del maestro Kitano. A excepción de Brother (2000), film más propio de su incursión en cine yakuza, si bien rodado en Los Ángeles.

Hana-Bi (1997), traducida como Flores de fuego

Apenas tres años antes, Takeshi Kitano había sufrido un accidente en moto que casi le cuesta la vida. De aquel susto quedó una parálisis facial, la cual ha condicionado en adelante sus gestos en su dramatización. Lejos de abandonar su trabajo como actor, su primera actuación posterior lo consagró internacionalmente. Ya que Hana-Bi (1997), traducida como Flores de fuego, recibió uno de los premios más prestigiosos del celuloide, como es el León de Oro del Festival de Venecia.

Es cierto que la historia podría integrarse dentro del género del que Takeshi Kitano es especialista. Pero, en esta ocasión, el componente dramático es más fuerte. Con el tiempo se ha convertido en una obra de culto. El papel de Kitano como Nishi es sobrio, un policía que afronta una gran carga personal. La enfermedad terminal de su esposa y la invalidez permanente de un compañero tras una redada. A esa situación se añade la persecución de un grupo de mafiosos por entrometerse en sus asuntos. Un cóctel explosivo, como su pasado reciente, cuya secuela del tic en su faz derecha consigue un efecto realista.

En cuanto a su actuación, recuerda a los mejores westerns de Leone y Eastwood, donde el forajido apenas articula palabras. Esta falta de locuacidad en el personaje de Kitano acentúa su lado más dramático, siendo él cómico de formación. A partir de esta película, el público japonés terminó por convencerse que Takeshi también puede ser muy serio. La crítica, en general, aclamó la cinta por ser algo más que violencia, una historia sobre el existencialismo. Algo pretencioso con la pintura como salvavidas del compañero tetrapléjico. Ahí se marcó un Ramón Sampedro. En este trabajo se aprecia el estilo narrativo de Kitano, apoyándose en un montaje con el que explicar sus metáforas.

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El verano de Kikujiro (1999)

Tras el éxito de Hana-Bi, lo lógico era que apostara por el continuismo del género yakuza. Sin embargo, Takeshi Kitano sorprendió al mundo con esta fábula maravillosa sobre la amistad. Esta vez no se llevó el León de Oro, pero con el tiempo ha envejecido mucho mejor. El verano de Kikujiro es una revisión de la serie animada Marco. Así, se trata de la búsqueda  por el niño Masao de su madre, a la que nunca ha visto. Pero, en esta versión, el personaje del mono lo sustituye un ex yakuza con malas pulgas. Este personaje, Kikujiro, lo interpreta el propio Takeshi Kitano, sacando su vis más cómica desde Humor amarillo. Lleno de gags, propios del lapstick de los maestros Buster Keaton y Charles Chaplin, compensa la trágica historia de fondo.

Posiblemente sea uno de los títulos más bellos de la historia del cine, a la altura de Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988). El Kitano director enmarca el amargo retrato de un niño abandonado con la visión de un adulto excéntrico que intenta protegerlo. Mención aparte tienen los personajes secundarios que se suman a la aventura de Masao y Kikujiro. Una road movie que hereda la fantasía de la colorida El mago de Oz (Victor Fleming, 1939). Así como la crudeza de la neorrealista Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1949). Quien pensara entonces que el maestro nipón no estaba hecho para contar una historia sin violencia, cualquier duda se disipó.

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Dolls (2002)

Después de volver por sus fueros callejeros con la mencionada Brother (2000), se atrevió con un drama romántico. Dolls (2002), como su título indica, muestra la fragilidad del amor. Al inicio se presenta un baile de marionetas del teatro japonés como símil de la realidad que vamos a ver. La huida de un novio en el altar por hacerse cargo de su auténtica prometida después de intentar suicidarse. El optimismo de una novia abandonada por un joven que busca un mejor futuro la condena al olvido. Y su retorno al cabo de los años sin reconocimiento. El fatídico accidente de una cantante de K-pop de éxito y la obsesión de un fanático suyo desde sus inicios.

El tiempo no se detiene para los protagonistas, pero sí para el espectador. Al tratarse de una historia circular, de vidas cruzadas, se convierte en un film más lírico que prosístico. Esta vez la reacción de la crítica no es unánime. Los que disfrutan más de la imagen la encumbran. Quienes valoran el cine por su narración, la detestan. Desde luego, es uno de los mejores trabajos fotográficos de su colaborador habitual Katsumi Yanagishima. Pero no es una película apta para todos los gustos. Es compleja de ver y de digerir. Aunque Takeshi Kitano vuelve a demostrar que su obra no son solo golpes, tiros, navajazos y sentido del humor. Será porque no actúa en esta ocasión.

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Zatoichi (2003)

Como japonés, era obvio que Takeshi Kitano terminara contando alguna historia basada en samuráis. Los yakuzas modernos son descendientes directos de estos mercenarios del imperio del sol. Porque esa es su tradición, la conoce y sabe de lo que habla. En esta ocasión, toma como referencia un cuento de Kan Shimozawa para desarrollar el guion.

Se trata de Zatoichi –aquí Kitano vuelve a la interpretación-, un vagabundo ciego que se dedica a dar masajes. Y disfruta del juego. Lo que pocos saben es lo letal que puede ser con la katana que esconde en su bastón. Pero en el siglo XIX, Japón todavía era feudal, y los clanes de samuráis luchaban por dominar las pequeñas poblaciones. En esta película, la venganza es el tema principal. Okinu y Osei -hermanos, él y ella- actúan como geishas con el fin de encontrar al verdugo de su familia. La agudeza de Zatoichi delata la misión de estos. Pero, por suerte, con su fiel amigo perdedor Shinkichi investigarán si han llegado al lugar correcto.

La escenografía y decorados tienen muy buen acabado. Además, la coreografía de las batallas de sables es limpia, con algún efecto digital, sin ser efectista. Por ejemplo, aquí ya se había estrenado Tigre y Dragón, de Ang Lee, pero no tiene influencia. La estructura de la narración tiene cadencia y ritmo. Por la relevancia en el relato, rompe con el tempo de la última batalla, algo novedoso, ocupando apenas unos minutos. Y el baile del cierre es sorprendente, pero por lo agradecido que es. De modo que Takeshi Kitano vuelve a imponer su sello en un género tan manido como el de aventuras de samuráis.

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El maestro Kitano

Takeshi Kitano, a decir verdad, no es un cinéfilo reconocido, sus orígenes están en la comedia. Incluso ha llegado a decir que su fuente en el cine no son los grandes maestros que le antecedieron. Apenas ha visto la filmografía selecta de los Kurosawa, Mizoguchi ni Ozu. Sin embargo, su dedicación y esmero le han valido gran reconocimiento en el gremio del cine. De modo que, a través de estos títulos recomendados, el maestro Kitano brilló con historias humanas y bellas. Sin necesidad de reírse del chino cudeiro ni limitarse a callejear con los tipos más sangrientos del Tokio más lumpen.

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