Calabuch es el tercer largometraje de Luis García Berlanga (o cuarto si contamos la dirección de Esa pareja feliz, en comandita con Juan Antonio Bardem). Para este título el director valenciano inyectó a sus probadas dotes para el humor satírico una notable vena de ternura y bondad. El resultado es una comedia entrañable pero sustanciosa donde reina el convencimiento de los beneficios de una vida pacífica y sencilla. Fue una coproducción hispano-italiana que acabó llevándose el premio OCIC del Festival de Venecia de 1956.



Calabuch

Crítica de ‘Calabuch’

Ficha Técnica

Título: Calabuch
Título original: Calabuch

Reparto:
Edmund Gwenn (Prof. Jorge Serra Hamilton)
Valentina Cortese (Eloisa, la maestra de escuela)
Franco Fabrizi (Langosta)
Juan Calvo (Matías)
Félix Fernández (Don Félix, el sacerdote)
José Luis Ozores (Cucherito, el tesorero)
José Isbert (Don Ramón)
Francisco Bernal (Crescencio)
Manuel Alexandre (Vicente)

Año: 1956
Duración: 92 min.
País: España
Director: Luis García Berlanga
Guion: Luis García Berlanga, Leonardo Martín, Florentino Soria, Ennio Flaiano
Fotografía: Francisco Sempere
Música: Angelo Francesco Lavagnino, Guido Guerrini
Género: Comedia. Drama
Distribuidor: Compañía Industrial Film Español S.A. (CIFESA) y Divisa Home Video (DVD)

Filmaffinity

IMDB

Historia de nuestro cine (TVE): Calabuch

Versión española TVE: Calabuch

Filmoteca de Sant Joan d’Alacant

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  • Tiempo de ejecución: 92 minutos
  • Edmund Gwenn, Valentina Cortese, Franco Fabrizzi, Juan Calvo, Felix Fernandez

Sinopsis

El profesor Hamilton, un sabio ingenuo que creía que las bombas atómicas, de hidrógeno, de cobalto, eran buenas para la humanidad, huyó al convencerse de su equivocación y se llevó sus inventos. Se escondió en el pueblo más maravilloso del mundo, donde se puede vivir y morir en paz: Calabuch. Calabuch es ese lugar donde la gente aún puede vivir con sentido del humor, con amistad, esperando a la muerte como a una vieja amiga que llega a pie, sin prisas, llevándoselo uno a uno, en lugar de venir silbando por el aire y matar de un estallido a medio mundo. Esto es Calabuch.

Premios

  • Festival de Venecia: Premio OCIC. 1956


Ese pueblo al lado del mar

Calabuch es un pueblo ficticio que se corresponde con la localidad castellonense de Peñíscola. Hasta allí llega, más bien huye, el profesor Hamilton (Edmund Gwenn), una eminencia mundial en energía atómica que en plena Guerra Fría trabaja para los EE.UU. El profesor Hamilton está harto de fabricar bombas y huye de su profesión armamentística para recalar, Dios sabe cómo, en Calabuch. El idioma no es un problema, ya que el profesor habla español perfectamente, y la llegada al pueblo resulta tan simpática como extravagante.

En Calabuch no tienen  ni idea de quién puede ser ese vejete que aparece de repente, y se genera una pequeña confusión. Los primeros minutos son exploratorios, conocemos a los habitantes del pueblo a la par que el profesor Hamilton y nos empezamos a sentir embriagados por la atmósfera y la pequeña filosofía popular de Calabuch. Entre los vecinos encontramos a un contrabandista al que llaman Langosta (Franco Fabrizzi); a Matías, un guardia-carcelero cuya celda es más una fonda que una prisión; al farero Don Ramón (Pepe Isbert), que juega una partida telefónica de ajedrez con el cura (Félix Fernández); a la maestra Eloísa (Valentina Cortese), amante de las plantas y secretamente enamorada… Al completo conforman una especie de familia, pródiga en excentricidades y hospitalidad.

Calabuch

Vitriolo con suavizante

Calabuch es una película esencialmente de buenos sentimientos, impregnada probablemente por el espíritu de las obras de Frank Capra. Esto hace que la película sea una pieza casi única en la filmografía de Berlanga, acostumbrado a la observación mordaz y al humor negro. Estilo que llegaría a su cúspide cuando años más tarde, en 1961, comience a colaborar con Rafael Azcona en Plácido. No obstante, no nos encontramos ante una «feel good movie» blanda, modosita y domesticada. Ocurre que las pullas que Calabuch lanza son pequeñas subversiones que se manifiestan de forma discreta, sin altisonancias pero con inteligencia.

Para empezar, la autoridad no actúa casi nunca como tal y pierde su significación esencial. Matías, policía y carcelero, trata a los reclusos de su pequeña cárcel como huéspedes más que como presos, dejándolos salir casi cuando quieran. La autoridad eclesiástica, o sea el cura, es de talante abierto y jovial, alejado del espécimen de castrador con sotana. Además se respira un reconocible aire de libertad; como dice, más o menos literalmente, en un momento dado el profesor Hamilton (rebautizado como Jorge): «lo que me gusta de Calabuch es que cada uno es lo que quiere ser; nadie se mete en la vida de los demás, todos se dedican solo a vivir». Ese sentimiento libertario  es un rasgo muy propio de Berlanga, que no duda en servirlo incluso cuando su cine es entrañable. Berlanga responde a la grisura de su época creando un pueblo de esencia utópica.

Calabuch

Amistad y redención

La relación entre el profesor Hamilon y Calabuch es simbiótica; ambos se benefician. El profesor encuentra un sitio tranquilo, amigable, exento de las tribulaciones de la Guerra Fría. Allí puede dar rienda suelta, sin vergüenza ninguna, a toda su bondad latente. Se siente liberado. En Calabuch, a su vez, encuentran a un personaje singular, buen amigo de todos, que acaba convirtiéndose en el epicentro de la comunidad. Un ejemplo de este hermoso encuentro es la ocupación principal que desarrollará el profesor: utilizar sus conocimientos de física para encargarse de los cohetes y la pirotecnica de Calabuch. Hamilton pasa de diseñar creaciones letales a fabricar algo mucho inocente que, a la larga, se convierte en el orgullo de la población.

La idea de crear un pueblo idealizado donde uno se quedaría a vivir no era nueva en el cine y quién sabe si Berlanga recibió la influencia de algunos casos anteriores. Un ejemplo célebre es el Innisfree de El hombre tranquilo (1952) de John Ford, o el Brigadoon de la película homónima de Vicente Minelli (1954). Berlanga, por su parte, recoge a Calabuch participando levemente del neorrealismo, pero sobre todo realzando el mar; los planos marítimos son bellos y amplios. Es tanto el mimo en mostrar esta ciudad ficticia que, aunque la película sea en blanco y negro, parece que se capta la esencia de la luz mediterránea. También se nota el aspecto coral clásico de Berlanga, ofreciéndonos un amplio plantel de personajes que incluso apareciendo a la vez en pantalla nunca forman en desorden.

Pepe Isbert

Costumbrismo excéntrico

Podemos considerar a Calabuch como una película de costumbres, pero de un costumbrismo insólito y transfigurado de excentricidad. Para el recuerdo quedan personajes y situaciones como la del pintor y cartelista Vicente (Manuel Aleixandre) en la barca varada en la playa; los manejos de Pepe Isbert en el faro; la capea a la orilla del mar con José Luis Ozores… Puede incluso advertirse un pequeño antecedente de Amanece que no es poco (1989), siendo Calabuch bastante más moderada y tierna.

Tampoco es raro que Berlanga se dedique a mostrar los entresijos de un pueblo, prefiriendo huir de los aires de la gran ciudad. Ahí tenemos, por ejemplo a Novio a la vista (1954), Bievenido Mister Marshall (1953) o Plácido (1961). El reparto cumple sobradamente como habitantes de la modesta Calabuch. Se mezclan clásicos de nuestro cine como Pepe Isbert, José Luis Ozores o Manuel Aleixandre con actores foráneos como el norteamericano Edmund Gwenn (que había trabajo con Hitchcock, p.ej) o los italianos Franco Fabrizi y Valentina Cortese. Todos componen un grupo de personas heterogéneo, pero unidos por un patrón de conducta bondadoso y algo fuera de lo común.

Pepe Isbert

Conclusión de ‘Calabuch’

Calabuch es una relativa excepción dentro de la carrera de Luis García Berlanga. Aunque se mantiene la sensación de libertad del director, el trazo de la historia se nutre de un mayor énfasis en la ternura y la bondad. Es una comedia provista de un gran componente fabulador, donde se dibuja un pueblo ficticio como aspiración a un modo de vida. Profundamente antibélica, su historia hace acopio de una especie de realismo mágico basado en un costumbrismo extravagante. Divertida, entrañable e interesante.

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