Los días 29 y 30 de abril, la compañía valenciana Taiat Dansa llegó a la Sala Roja de los Teatros del Canal con Las hijas de Bernarda, la versión de danza contemporánea de La casa de Bernarda Alba. La coreografía y dirección de Meritxell Barberá e Inma García, junto a las bailarinas Lara Misó, Julia Cambra, Irene de la Rosa, Mariona Jaume, Eila Valls, Wilma Puentes y Celia Sandoya, hacen un equipo increíble. La música original corre a cuenta de David Barberá en directo, con textos de Paula Ortiz y dramaturgia de Roberto Fratini. Setenta y cinco minutos de disfrute: sin intermedio y sin Bernarda.



Las hijas de Bernarda

Crítica de 'Las hijas de Bernarda'

Ficha Técnica

Título: Las hijas de Bernarda
Título original: Las hijas de Bernarda

Reparto (Bailarinas):
Lara Misó
Julia Cambra
Irene de la Rosa
Mariona Jaume Camps
Eila Vals
Wilma Puentes
Celia Sandoya

Año: 2026
Duración: 75 min. (sin intermedio)
País: España
Idea y dirección: Taiat Dansa

Coreografía: Meritxell Barberá & Inma García en colaboración con las bailarinas
Bailarinas: Lara Misó, Julia Cambra, Irene de la Rosa, Mariona Jaume, Eila Valls, Wilma Puentes y Celia Sandoya
Asistencia coreográfica: Bárbara Díaz
Composición musical: “Caldo” David Barberá
Textos: Paula Ortiz
Dramaturgia: Roberto Fratini
Early music soprano: Èlia Casanova
Bajista: Miguel Villanueva
Voz en off: Natalia García
Escenografía: Alessio Meloni
Iluminación: Rodrigo Ortega
Creación audiovisual: Sergi Palau
Vestuario: Estudio Savage
Diseño gráfico: Jesús Bosqued
Comunicación y redes: Paula Sahuquillo
Fotografía: Juanmi Ponce
Vídeo: David Novella, Jano Sempere
Coordinación técnica: Marcos Orbegozo
Construcción de escenografía: Óscar Muñoz
Producción ejecutiva: Amelia Hernández
Management: Ana Cembrero

Sinopsis de 'Las hijas de Bernarda'

En la obra de Taiat, Bernarda es un personaje invisible, una autoridad inmaterial. Las creadoras apuestan por una Bernarda imperceptible y oculta. Su objetivo es poner el foco en las cinco hijas, vivir su encierro, su angustia y sus conflictos como si de un laboratorio de investigación se tratara.

Apuestan en esta obra por indagar en una lírica cargada de misterio, llena de contundencia, de poesía coreográfica, poniendo el foco de nuevo en las mujeres, como en sus obras anteriores. Las coreógrafas presentan en su versión del drama de Lorca una visión clínica de la feminidad de la época que puede leerse en La casa de Bernarda Alba. Podría compararse con una casa psiquiátrica de mujeres encerradas para el tratamiento de la histeria que están expuestas a una observación, como era habitual en este tipo de instituciones hasta principios del siglo XX. Un universo encapsulado y autoritario que no deja de ser la metáfora de la España negra, opresiva y castradora que se estaba viviendo en el tiempo de Lorca.



La ausencia de Bernarda es clave

La decisión más valiente de Inma García y Meritxell Barberá es también la más acertada: hacer invisible a la madre. Bernarda no tiene cuerpo en escena. Es una voz en off, un peso en el aire, una cosa que se intuye y se respira pero que nadie encarna. Al desaparecer ella, las hijas llenan todo el espacio — físico, dramático y emocional. De esa ausencia nace una pieza que funciona como un laboratorio de observación fascinante. Las cinco hermanas se vigilan entre sí con la misma lógica de los pabellones psiquiátricos del siglo XIX, donde el deseo femenino era llamado histeria y sometido a la mirada del médico. Taiat Dansa no romantiza ese encierro. Lo disecciona con precisión.

Las hijas de Bernarda

Una casa hecha de poleas y cartón piedra

La escenografía de Alessio Meloni opta por la austeridad y funciona de maravilla. Una estructura de cartón piedra — esquelética, casi ruinosa — evoca los muros de la casa sin reproducirlos. Sobre ella se proyectan fragmentos de texto que actúan como aforismos de un orden moral que las bailarinas encarnan y van quebrando a lo largo de la obra. Gracias a esa contención, el espacio no compite con los cuerpos sino que los libera. La iluminación de Rodrigo Ortega completa ese universo con sombras en diagonal y contraluz que convierte a las bailarinas en siluetas memorables.

Las hijas de Bernarda

El flamenco como fisura

El momento más intenso de la noche llega cuando el flamenco irrumpe. No como cita folclórica ni como guiño identitario, sino como necesidad orgánica. El zapateado — rabia, tierra, todo lo que no puede decirse con palabras — estalla en el escenario y te ancla a la butaca. Es el instante en que el cuerpos de las hijas dejan por fin de negarse a sí mismos. El deseo que Lorca mantuvo siempre en los márgenes se materializa aquí en el movimiento con una fuerza extraordinaria.

Lo que el cuerpo representa

En Las hijas de Bernarda, el cuerpo es el lugar donde se libra toda la batalla. Inma García y Meritxell Barberá han entendido que el drama de Bernarda Alba es, antes que nada, sobre lo que los cuerpos femeninos pueden y no pueden hacer. No hablan solo de infancia robada o de duelo perpetuo. Hablan de algo más difícil de nombrar: la vida que no cabe. Ese impulso aflora en cada gesto que se inicia y se interrumpe, en cada forcejeo. La feminidad, aquí, no es solo opresión sino también resistencia, aunque sea una resistencia que baila. La música de David Barberá, le da a esa tensión una urgencia que ninguna grabación podría igualar.

Conclusión de 'Las hijas de Bernarda'

Las hijas de Bernarda es de esas obras que justifican por sí solas las reinvenciones de los clásicos. Taiat Dansa no traiciona a Lorca y al mismo tiempo lo expande hacia lugares sin necesidad de un diálogo, ni siquiera de la figura que ejerce el poder. La obra se sirve del saber popular. ¿Quién no conoce la historia de las hijas de Bernarda? Esta obra es una lectura corporal de un drama que nos habla de los deseos que no se pueden castigar.

El cuerpo de las bailarinas, tras las ropas del color de su piel, salidas de los ataúdes ante las niñas — sus infancias en luto— consigue llevar a las butacas el sentimiento de algo que está dejándose de reprimir.  Hay un momento hacia el final en que el deseo ya no se esconde y llega el flamenco desvergonzado con traje verde. En esta obra, los cuerpos simplemente sienten, sin pudor y a sabiendas de que no tienen permiso. Y es así, como la obra termina de ser lo que prometía ser desde el principio.

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Paula Villagra Domínguez
Un día leí La casa de la fuerza de Angélica Liddell y otro fui a la zarzuela, el resto es historia.
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