Eva Egido Leiva dirige Nunca pasa nada, obra teatral escrita por Nando López, producida por Acciones Imaginarias. El proyecto nació para promover el desarrollo de los jóvenes en un teatro comprometido con la realidad actual de su generación. Su estreno se realizó en Surge Madrid 2019, en la Sala Mirador. Esta obra busca convertirse en una herramienta para poder hacer comprender los problemas surgidos durante la juventud. Actualmente, se encuentra en las tablas de los Teatros Luchana hasta el 29 de noviembre.



Nunca pasa nada

Crítica de ‘Nunca pasa nada’

Ficha Técnica

Título: Nunca pasa nada
Título original: Nunca pasa nada

Reparto:
Ángela Arellano (Nora)
Casandra Balbás (Olivia)
Sara Jiménez / Ana Jara (Aitana)
Álvaro Larrán (Teo)
Cristina Lladosa (Luna)
Jorge Salvador (Hugo)
Iván Sánchez (Iker)
Jaime Valero (Dani)

Duración: 80 min
Dirección: Eva Egido Leiva
Dramaturgia: Nando López
Música, iluminación, fotografía y diseño: Rubén Vejabalbán
Casting: Cristina Chaparro Talent Manager
Género: Drama
Productora: Acciones Imaginarias

Tráiler de ‘Nunca pasa nada’

Sinopsis de ‘Nunca pasa nada’

Nunca pasa nada se centra en ocho amigos que acaban de llegar a los veinte. Un fin de semana. Una casa rural sin cobertura. Y un río (un momento, ¿había un río?). En sus maletas, alguna herida reciente, proyectos por empezar, un buen puñado de likes, deseos, confidencias, baterías portátiles, frustraciones… Y muchas ganas de todo. Y muchas ganas de nada. El ahora del recuerdo. El ayer de la vivencia. Un viaje (emocional) en el que no pasó nada pero que lo cambió todo. (ACCIONES IMAGINARIAS).



Nunca pasa nada
Foto de Acciones Imaginarias

La era “adultescentes”

Nando López es el encargado de la historia detrás de Nunca pasa nada, una dramaturgia que busca ir hasta las entrañas de la irreverencia y, a la vez, insatisfacción de la llamada Generación Z. Parte de una trama sencilla, como es una reunión de amigos, para luego convertirlo en un debate vivo sobre lo que no termina de encajar en las generaciones venideras. Lejos de llevar un texto populista y que busca el aplauso fácil, realiza lo contrario, un guion plagado de humanismo y de experiencias propias de una juventud nacida dentro de la era digital y la globalización. Las contradicciones personales se entremezclan con esa necesidad de decisión y marcar un futuro incierto. Convergen en una discusión existencial retórica, donde el que tiene la respuesta es el propio espectador con su pensamiento. Una invitación directa y muy cercana.

El retrato que se realiza de este grupo de amigos podría ser la perfecta excusa para cumplir con los arquetipos que hay en sociedad, pero, en cambio, hay una coherencia dado el trasfondo social que hay detrás de la unión de estos jóvenes. La justificación de las relaciones que se crean entre ellos está muy bien pensada, además de aplaudir el no dejar a ningún personaje opacado por otro. Todos tienen una importancia vital en el relato y aportan las aristas que hacen de cada experiencia, una historia. Los sueños, los amores, el deseo, el odio, la redención, la envidia, la hermandad creada… son algunos de los elementos que permiten a esta obra gritar un mensaje crítico hacia la sociedad e, incluso, a ellos mismos. No hay una intención de juzgar, pero sí de realizar un camino introspectivo por la concepción actual de la madurez.

Foto de Acciones Imaginarias

Los ‘colegas’ de toda la vida

Es difícil elegir un reparto de jóvenes estrellas que encajen y irradien esa química en escena y en Nunca pasa nada sí ocurre. En primer lugar, Ángela Arrellano y Álvaro Larrán, como Nora y Teo, respectivamente; tienen una potencia escénica increíble. Ambos exprimen al máximo a sus personajes y sin duda, el espectador conecta fácilmente con ellos. Se puede ver su comodidad en escena y es de apreciar su capacidad expresiva no verbal. Además, son muy dinámicos en su manera de interpretar. Luego, Casandra Balbás, Jorge Salvador y Jaime Valero son Olivia, Hugo y Dani. Sus actuaciones parten desde un prisma más formal, pero irán evolucionando hacia un carácter más desenfadado, sin dejar a un lado la expresión de esa presión interna que vive cada uno de sus personajes. De esta forma, equilibran la potencia vigorosa de varias escenas de gran carga dramática, que, inclusive, ellos mismos protagonizan.

Por otro lado, Iván Sánchez y Cristina Lladosa se meten en la piel de Iker y Luna, personajes que son dos caras de la misma moneda. Extremos, sentimentales, soñadores y sobre todo, con un mundo interior muy intenso. En escena logran ser un punto de inflexión artístico y realizan un ejercicio de contención a la inversa: Lladosa comienza en pleno auge y va menguando hacia una candidez muy acertada y Sánchez inicia desde una naturaleza pausada para terminar exhibiendo los claroscuros de su personaje. Ambos se alejan del extremo desde el que marchan, para transmitir esa humanidad en pinceladas interiores. Por último, mencionar la participación de Ana Jara como Aitana. Realiza un trabajo ligero y da esa pizca de energía que necesita la función. Derrocha movimiento y maneja perfectamente la comedia, únicamente se pierde, en ocasiones, con la dicción.

Foto de Acciones Imaginarias

Más allá de la juventud

Uno de los puntos más favorables de Nunca pasa nada es la puesta en escena, que a la par que sencilla, es totalmente efectiva. Cuenta con un sillón que será el eje principal de toda la acción que sucede en escena. Por lo tanto, la obra se sirve de una composición artística a partir de elementos más sonoros y de iluminación. Rubén Vejabalbán realiza un trabajo brillante y en todo momento lleva al espectador a esa casa rural perdida en algún lugar. La banda sonora encaja de una forma orgánica, aunque en alguna escena no termine de empastar totalmente, aún así, en la mayor parte de la función es distinguida. Por lo cual, Vejabalbán ha sabido utilizar la percepción del espectador a su favor y son los mismos asistentes los que la recrean en su mente. Un ejercicio creativo excelente.

La dirección, por parte de Eva Egido Leiva, es maravillosa. Se puede ver el gran trabajo sobre el texto y el planteamiento en escena. Para comenzar, el plantel actoral tiene una personalidad propia y una energía que saben combinar en todo momento. Por lo cual, hay una calidad actoral en la que se puede ver el esfuerzo tanto de los actores como de su directora. Después, el ritmo que se fabrica en escena se conserva en todo momento, sin flaquear. Por lo tanto, hay un atractivo visual y narrativo que encandila a la audiencia. En consecuencia, el resultado ha sabido construir la dificultad de hacer tangible ese viaje emocional, en el que sin mascar su contenido y con un uso excelente de los silencios, se retuercen los problemas característicos de la juventud para extrapolarlos a los miembros de la sociedad de masas.

Nunca pasa nada
Foto de Acciones Imaginarias

Conclusión

Nunca pasa nada es una obra teatral que afronta los problemas de la generación Z desde un punto de vista más profundo. Recoge las vivencias de un grupo de jóvenes y plantea esas inquietudes que son decisivas en el camino existencial de la madurez. Un libreto que se aleja del populismo y se acerca más a realizar preguntas retóricas al espectador. Un reparto con una química palpable y con una comodidad en escena con la que consiguen transmitir esa vorágine de emociones.

Técnicamente han sabido aprovechar el espacio minimalista y se sirven de las percepciones del espectador para completar el espacio. Manejo de la iluminación y sonido excelentes. Un gran trabajo de dirección sobre las tablas. Es un periplo por la complejidad de crecer y de afrontar la presión heredada generacional, con un arco humano que dispara directo a la reflexión.

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