Creación Guiones

El Pavón Teatro Kamikaze se despide con Yo soy el que soy, obra de teatro basada en la autobiografía del violinista Aaron Lee. El propio músico participa en la misma, interpretando junto con Gaby Goldman, pianista. Además, junto a ellos se une Verónica Ronda, que ejerce de narradora y actriz de la función. También hay que subrayar que Zenón Recalde se ha encargado de la dirección de escena, junto a Goldman que ejerce de director musical. Se puedes disfrutar hasta el 30 de enero de 2021, fecha en la que el espacio teatral madrileño cerrará sus puertas de forma definitiva.



Yo soy el que soy

Crítica de 'Yo soy el que soy'

Ficha Técnica

Título: Yo soy el que soy
Título original: Yo soy el que soy

Reparto:
Aaron Lee
Gaby Goldman
Verónica Ronda

Duración: 85 min. apróx.
Dirección: Zenón Recalde
Dramaturgia: Aaron Lee y Zenón Recalde
Dirección musical: Gaby Goldman
Directora de producción:
Susana Menchaca
Dirección técnica:
Paloma Parra y Víctor Sánchez
Iluminación:
David Picazo
Ayudante de iluminación: Dani Checa
Vestuario: Ana Garay
Diseño gráfico: Patricia Portela
Distribución:
Caterina Muñoz
Producción: Fundación Arte que Alimenta

Tráiler de 'Yo soy el que soy'

Sinopsis de 'Yo soy el que soy'

Yo soy el que soy es un espectáculo basado en la recientemente publicada autobiografía de Aaron Lee. Una historia de supervivencia. Una búsqueda de la libertad, la identidad y la aceptación.

Nacido en Madrid, de raíces surcoreanas, Aaron se crió en el seno de una tradicional y religiosa familia coreana. Madre pianista, padre director de orquesta. Estudió violín desde los cuatro años hasta que tuvo que huir de su casa después de que sus padres se enterasen de que era homosexual.

Fue maltratado, llevado a una isla secuestrado por su padre, denigrado por su orientación sexual hasta que logró huir de su casa. Sobrevivió como pudo, llegando a tocar en la calle para poder comer.

Este espectáculo narra en primera persona el duro e increíble viaje de un chico que nunca quiso renunciar a su esencia y encontró su salvación en la música.

“El sufrimiento en sí no hace madurar al hombre. Es el hombre el que da sentido al sufrimiento”. (TEATRO KAMIKAZE). 



Yo soy el que soy
Foto de Teatro Kamikaze

La crisálida naciente

Aaron Lee lleva su autobiografía ante las tablas a través de Yo soy el que soy, con una adaptación realizada por él mismo y Zenón Recalde. A lo largo de la obra se conocen los detalles más importantes en la experiencia vital del violinista, centrándose especialmente en su difícil situación por ser homosexual en el seno de una familia conservadora. Durante la primera parte se expone un breve contexto de su entorno familiar y las férreas costumbres que hay dentro de ella. El clímax de todo ese dolor se convierte en uno de los principales momentos de culminación de energía sobre el escenario, al hacer participe a los espectadores de las desgarradoras palabras de los que fueran sus “héroes”, convertidos instantáneamente en los antagonistas de su felicidad. De alguna manera, en esta primera parte, desgraciadamente, habrá una buena parte del público que se sienta identificado.

A partir de lo que se considera la revelación pública de su homosexualidad en su familia, es cuando se suceden los episodios que, por su crudeza y la dureza con la que se producen, llegan a impactar al espectador. En ese momento, es donde se ejecuta una realización sensible y elegante de las vivencias del violinista, dejando ahí su desgarro y soledad interna palpable. Lo único que podría haber hecho brillar más ese contenido tan personal hubiera sido no recurrir al gag en tiempos donde se hace complicado el cambio de registro del relato y del público. Aun así, la calidad de ese canto herido se hace inspirador, por la valentía y esperanza que transmite a pesar de la situación. Sin embargo, su última parte brilla en su ejecución técnica y musical, pero el guion se queda en un camino a medio gas, donde la palabra pierde fuerza.

Aaron Lee
Foto de Teatro Kamikaze

Trío de piano, cuerda y vida

A diferencia de otros montajes, Yo soy el que soy no necesita de multitud de intérpretes, sino que apuesta por un equipo artístico más íntimo. Para comenzar, Gaby Goldman es el primero en salir a escena, quien será el acompañante casi perpetuo del apartado musical. Al centrarse en la figura de Aaron Lee, cede su importancia en escena, para permitir que los espectadores fijen la mirada en el propio violinista y el desarrollo del propio relato. Por tanto, expresivamente luce menos, aunque mantiene su energía y su porte para no desentonar con sus compañeros. Por su lado, Verónica Ronda es la encargada de poner voz a las palabras del violinista y ser una narradora física, que se deja la piel para poder escenificar las vivencias del madrileño no solamente en su contenido, sino también las sensaciones que se interpretan en dicho momento.

Además, Ronda no se limita solo a mostrar un solo perfil, sino que va navegando por distintas facetas, donde exprime al máximo el torrente de emociones que se van viviendo. Por lo que, no se puede negar que sea una excelente intérprete tanto a nivel vocal como expresivamente, dando fuerza y humanidad a lo que se expone sobre la escena. Por último, el gran protagonista de la obra, Aaron Lee. El violinista se sumerge en su universo musical, siendo el diálogo del violín el que utiliza para expresar su vida. De esta forma, cautiva al espectador al no necesitar de texto para mostrar esa revelación y metamorfosis que llega emocionar, inclusive, más que las propias palabras. La razón no es otra que todo ese dolor y, posterior, liberación y esa montaña rusa de emociones se captan con la sensibilidad de las piezas con las que deleita al público.

Teatro Kamikaze
Foto de Teatro Kamikaze

La elegancia de la intimidad

El público acostumbrado a las escenografías de grandes dimensiones del Teatro Kamikaze, se encuentra en Yo soy el que soy con una propuesta que se deshace del apoyo de la composición visual del escenario, para centrarse más en la propia acción. Así, logra darle un lugar privilegiado a la música, al ser el punto de anclaje de todos los elementos expresivos y artísticos sobre las tablas. Para comenzar, la composición de iluminación sigue en perfecta sintonía al foco principal que se necesita para ir orientado la mirada del espectador y no se distraiga con el resto de participantes que siguen en movimiento. El propio montaje sabe equilibrar ambas facciones, ya que la mitad del espectáculo se deja para la propia música, pero sin perder de vista la narración que esclarece lo que transmite la misma. La conexión entre ambas se desarrolla de una forma totalmente orgánica.

La complicidad del espectador es imprescindible, ya que al omitir una visión tangible, le deja a él que sea quien decida cómo completar la escena. Gracias a ello, los asistentes se introducen más en el viaje introspectivo del violinista, pudiendo sentirse identificados, incluso compartan o no varias de las experiencias que se narran. Luego, uno de los momentos más bonitos de la obra es cuando interpreta una de las piezas más especiales por el significado que le da. No se hace nada larga y se transforma en un momento de reflexión. Sin embargo, la parte musical, en su última parte, llega a la introducción de canciones cantadas, lo que saca un poco del ambiente que se forma a lo largo de la obra. Este punto, que recuerda al concepto de teatro musical, no termina totalmente de cuajar, por lo que resta contundencia a su episodio final.

Yo soy el que soy
Foto de Teatro Kamikaze

Conclusión

Yo soy el que soy es el camino interior de Aaron Lee por las experiencias vitales que marcaron su vida. Un diálogo entre narrativa y música, donde se siente esa sensibilidad y ese canto a la libertad que se homenajean durante toda la obra. Algún que otro gag cómico no termina de fluir, pero, aun así, destaca el mensaje de esperanza que lanza sobre la identidad propia. Luego, Lee se acompaña de dos maravillosos profesionales como son Gaby Goldman y Verónica Ronda, que conforman un grupo espectacular. Por otro lado, la propuesta escénica es elegante e intimista, equilibrando la importancia de la música como propio vehículo de expresión con la narrativa de la vida del violinista. Únicamente, las canciones cantadas no casan del todo. Un pentagrama introspectivo donde nace la complicidad de la aceptación propia y la pasión artística como salvavidas vital.

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