Jane Schoenbrun firma Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, su tercer largometraje tras El brillo de la televisión (2024) y We're All Going to the World's Fair (2021). Lejos de usar el terror como una mera excusa intelectual, disfruta y celebra con saña los códigos más viscerales del género. El delirio psicosexual de Kris (Hannah Einbinder) y Billy (Gillian Anderson) no funciona aquí como un castigo conservador, sino como una transfiguración mística y marcadamente queer.
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma ha sido presentada en la 59ª edición del Festival de Sitges 2026, aunque antes pasó por el Festival de Cannes, donde inauguró la sección Un Certain Regard y se llevó la Palma Queer, y por el Festival de San Sebastián, donde recibió el premio Zabaltegi-Tabakalera. En España llegará a salas de cine el 20 de noviembre de 2026. Puedes leer aquí otra crítica realizada por Cinemagavia de esta película.
Crítica de 'Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma'
Ficha Técnica
Título: Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma
Título original: Teenage Sex and Death at Camp Miasma
Reparto:
Hannah Einbinder (Kris)
Gillian Anderson (Billy)
Amanda Fix (El joven Billy)
Arthur Conti (Alex)
Eva Victor (DJ Ella Giastic)
Zach Cherry (Will)
Sarah Sherman (El agente de Kris)
Patrick Fischler (Rudolph)
Dylan Baker (Jeffrey)
Jasmin Savoy Brown (Mari)
Kevin McDonald (Anthony/Sheriff del condado)
Quintessa Swindell (Julie)
Jack Haven (Little Death)
Año: 2026
Duración: 112 min
País: Estados Unidos
Director: Jane Schoenbrun
Guion: Jane Schoenbrun
Fotografía: Eric Yue
Música: Alex G
Género: Terror. Thriller
Distribuidor: Mubi
Tráiler de 'Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma'
Sinopsis
Tras años de secuelas cutres y con un fandom en declive, la franquicia slasher "Campamento Miasma" es puesta en manos de una joven y entusiasta directora para que la resucite. Pero cuando visita a la estrella de la película original, una actriz que ahora vive recluida y envuelta en misterio, las dos caen en una espiral de sangre, deseo, miedo y delirio. (Mubi)
Dónde se puede ver la película en streaming
Amar lo que nos mata
Kris ha crecido amando una saga que la odia. Sabe que Camp Miasma es tránsfoba, que su villano es un monstruo construido a partir del odio a lo diferente, a lo que no encaja en la heteronormatividad. Y, aun así, fue su despertar sexual queer. La película no explica esta contradicción, se queda a vivir en ella.
Little Death (Jack Haven) es, literalmente, la herida del género. Una entidad sobrenatural que en algún momento fue un niño, criado como chico y como chica, ahogado por campistas llenos de odio. Jane Schoenbrun conoce de sobra la larga tradición: Norman Bates en Psicosis (1960), Buffalo Bill en El silencio de los corderos (1991), Peter en Campamento de verano (1983)... el cine de terror lleva décadas utilizando lo trans como sinónimo de amenaza. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma no necesita explicarlo. Cuando Kris intenta señalar los tropos transfóbicos mientras ve el Camp Miasma original, la hacen callar. Y tiene sentido. Ya sabemos todo esto, hay miles de textos, documentales y entrevistas que ponen este problema sobre la mesa. Carol Clover ya lo contó hace décadas en Men, Women and Chain Saws.
La pregunta es otra: ¿Qué hacemos con lo que amamos aunque nos haya hecho daño?
Y es que Schoenbrun lo ama de verdad, Kris lo ama de verdad. La película comienza con un montaje de la historia ficticia de la franquicia. Recortes de prensa, secuelas, merchandising e incluso un Little Death que termina en el espacio. Es una carta de amor a los slashers ochenteros (Viernes 13 y, sobre todo, Campamento de verano) con monitores que bailan sin saber que van a morir, un dependiente inquietante y sangre muy roja en cantidades deliberadamente absurdas. Schoenbrun creció con estas sagas. No hay una mirada de desprecio, de superioridad. Solo está la visión de alguien que sabe perfectamente a qué juega y lo explica con una honestidad desarmante: el género siempre fue disfrutar de adolescentes cachondos siendo despedazados por alguien con un símbolo fálico.
Donde se hunde lo que no se nombra
Siempre he pensado que lo que no se nombra, lo que no se cuenta ni se muestra, no existe. Y ha tenido que venir Jane Schoenbrun a darme un bofetón de realidad de una forma elegantísima. Lo que no se nombra no desaparece, se hunde. Y siempre regresa.
Ese hundimiento, en Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, tiene forma de lago. Bajo él vive Little Death y, según explica Kris, desde allí imagina el mundo a través de las películas de Camp Miasma. El lago es el inconsciente, el trauma y el estudio de cine a la vez. Es el sitio donde se guarda lo violento, y también el espacio que lo convierte en historias. La herida no solo duele. La herida produce. Los personajes hacen exactamente eso con sus traumas. Little Death, Billy y Kris. Tres formas de lo mismo: coger lo que te pasa y volverlo ficción para poder habitarlo.
Lo más honesto de la película es que esto no se soluciona, no se cura, no desaparece. Kris dice que sigue notando a Little Death en el fondo del lago, esperando para volver. El trauma no se supera, se integra. Billy y Kris salen juntas de la mano, ensangrentadas, sonriendo. No es exactamente un final feliz, es algo más complicado. Más profundo. Más realista.
Desear ser miradas
Hasta ahora he hablado de la herida, pero no de qué hace la película con ella. Y eso es desear. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es una película sobre el deseo.
Que el villano se llame Little Death (pequeña muerte) no es un chiste fácil. En francés, «la petite mort» es un eufemismo para hablar del orgasmo. Además, la primera película de Kris se titula Jouir Sans, un guiño a la jouissance de Lacan. Sexo y muerte, como dice el título. La ruptura de los límites de la que hablaba Bataille. Pero lo más interesante es cómo Jane Schoenbrun lleva esta idea a la forma. El slasher es un cine de cuerpo, va de acumular tensión y soltarla de golpe, de sangre, vísceras y sudor. Cada susto, cada muerte, es un pequeño orgasmo. Nunca fue un género casto. Es puro sexo y violencia.
Y ese deseo pasa, una vez más, por la mirada. Kris está obsesionada con un instante de la película original donde Little Death, al acercarse, se ve reflejado en los ojos del personaje de Billy mientras pierde la virginidad. Placer y muerte comparten plano, y alguien se ve siendo mirada. Pero para entender por qué esa imagen importa tanto hay que comprender por qué las protagonistas desean ser miradas.
Billy sufrió una agresión sexual durante el rodaje de la película original y aprendió a desear siendo observada por el monstruo porque no tuvo otra opción. Para sobrevivir, su cabeza se fue a otro sitio. Se vio desde el otro lado de la habitación, acercándose poco a poco, siendo a la vez la que mira y la que es mirada, el asesino que jadea y la chica en la cama. Entonces llegó el orgasmo. Por eso quiere ser mirada por Little Death. No lo elige, es el único lugar donde su deseo aprendió a existir. Jane Schoenbrun lo resume diciendo que Billy tiene que aprender a combinar placer y violencia, porque ese es el origen de su sexualidad.
Kris, por su parte, llega al mismo sitio por un camino distinto. Creció viendo la saga, hipnotizada de niña por esa escena de Billy, y eso significa que aprendió lo que es el deseo mirando: la sala a oscuras, el cuerpo de otra, la mirada del monstruo. Esa es la única gramática erótica que tiene. Se nota desde el principio, cuando la vemos sola en la cama del hotel escribiendo «deseo» en una libreta. Lo investiga como lo haría una espectadora, a distancia, con teoría. Y esa distancia también está en su cama. No consigue disfrutar del sexo. Ni siquiera dentro de su relación. Y solo se acerca al placer saliendo de sí misma, imaginándose dentro de las películas de la saga. Fantasear es la forma que ha encontrado de poder sentir.
Todo esto, a su vez, también habla de la manera en que funciona el cine. Quien mira una pantalla también sale de sí para entrar en otra vida. Kris sería, en ese sentido, la espectadora llevada al extremo.
Lo expuesto dialoga con la entrevista hecha por Gregg Araki para Filmmaker Magazine, donde Schoenbrun ya adelantaba en 2024 de qué iba a tratar Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma. Comentaba que, antes de transicionar, no le faltaba deseo, pero que disfrutar del sexo en el cuerpo que tenía le resultaba imposible. Lo único a su alcance era la disociación, una idea que ya recorría sus dos primeras películas. La siguiente, dijo, sería una película sobre aprender a disfrutar del sexo después de la transición.
Kris es un espejo deformante de Schoenbrun que ha heredado su propio mecanismo, la distancia entre cuerpo y mente, entre mirar y ser mirada. Aprende a salir de su cabeza para entrar en su cuerpo. Aprende a ser un sujeto activo en la exploración de su deseo.
En la cabaña, Billy le pide a Kris que se mire a sí misma a través de los ojos del asesino, la misma técnica con la que ella sobrevivió décadas atrás, y la cámara sale de la cabaña para meterse en el casco de Little Death. El gesto parece repetir la disociación, pero le cambia el signo. Billy se fue de su cuerpo sola y a la fuerza, para soportar algo que no había elegido. Kris lo hace porque quiere y con Billy a su lado, presente, sosteniéndola. Salir de sí ya no es huir, es tomar la distancia justa para poder volver. La mirada que antes era amenaza se vuelve compartida y elegida, y con ella Kris pasa de investigar el deseo con teoría de cine a vivirlo con todo el cuerpo. Y, entonces, por fin, Kris tiene un orgasmo.
Si el mundo es un guion
Si todo es una película, las reglas son un guion. Y los guiones se pueden reescribir.
El monstruo nace de una regla, del binarismo de género aplicado a la fuerza. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma invita a entender esa regla como lo que es: una convención. No lo dice literalmente, pero se puede comprender a través de las imágenes. Una de las veces que está viendo la Camp Miasma original, Kris menciona el uso del split diopter. Al final, es ella quien aparece centrada en uno de esos planos, con Billy detrás. Kris ya no es quien mira, sino quien es mirada. Pasa de analizar el miedo —el deseo— a protagonizarlo; es una participante activa en su propia película.
Jane Schoenbrun no duda en utilizar el sarcasmo y la ironía para reírse de quienes intelectualizan su obra y la desprecian por no ser lo suficientemente visceral. Billy desprecia la lectura demasiado académica que Kris hace de la saga, como si le dijera a quien ve todo esto como un ensayo que se baje de la nube. Que esto va de cuerpos, sudor y sangre. Aquí hay que sentir.
Y está esa secuencia de la gasolinera que pone las normas sociales a prueba. Dos mujeres empapadas en sangre, una de ellas en bragas, pagan en la caja como si nada. Schoenbrun lo filma con una clarísima naturalidad. No hay escándalo ni subrayado, de hecho incluso hay deseo. Esa normalidad es el argumento. Lo que nos parecía intolerable resulta ser una convención, y las convenciones se aprenden.
Pero la película es más cauta que su propia euforia. La escena cierra con Kris repitiendo las líneas de la final girl de la película que veía en el hotel. Kris no sale de la ficción, elige cuál habitar. No se reescribe desde cero. El fondo del lago, el trauma, ya las escribió [a Kris, a Billy, a todos y todas] en algún momento, y lo que queda es decidir qué hacen con ese guion heredado. Algunas cosas las elegimos, otras nos eligen. La libertad está en el margen entre ambas.
La idea de que el mundo es un guion no solo se cuenta, también se ve. Eric Yue se encarga de la dirección de fotografía de una película donde casi todo lo que rodea a las protagonistas parece artificial. Los fondos, con sus montañas y sus cielos naranjas, son pinturas herederas de los matte paintings de Drácula de Bram Stoker (1992), casi como un telón de teatro. El mundo siempre fue un decorado, y se puede vivir en él.
Pero la imagen que mejor une forma y tesis es la matanza de la película original. De pronto, en un plano largo y sin cortes, con «A Long December» de Counting Crows de fondo, la cámara se convierte en Little Death, emerge del lago y va asesinando monitores en una danza macabra. La película le entrega la masacre al monstruo que el género construyó con pánico transfóbico y le deja moverse como si fuese la estrella de la cinta. Es la mirada del monstruo y, por primera vez, es una mirada que se disfruta. Vuelve en la cabaña, dentro de su casco, cuando Kris se mira a través de él. La cámara no se limita a contar la historia del deseo. Durante unos minutos, es el deseo.
Conclusión de 'Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma'
Jane Schoenbrun coge el género que durante décadas convirtió lo trans en monstruoso y lo transforma en el lugar donde Kris (Hannah Einbinder) y Billy (Gillian Anderson) aprenden a desear, y a ser miradas, sin pedir perdón. Lo que no se nombra se hunde en el lago, el deseo lo saca a flote y la mirada, que empieza siendo amenaza, acaba siendo una elección. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma no cura la herida, la integra, y nos recuerda de paso que las reglas que nos contienen son un guion, y que los guiones se pueden reescribir.
«El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte».
— Georges Bataille, El erotismo (1957)
Cuando Bataille escribió esta cita, intentaba explicar cómo el deseo humano busca romper sus propios límites jugando con el peligro y la destrucción. Casi setenta años después, el género slasher ha invertido esta máxima —niega la vida a través de la muerte— aunque, como Bataille, peca de un machismo flagrante aquí expuesto a través de una moralina puritana: el sexo se paga con sangre.
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma recoge este testigo filosófico y le da la vuelta sin perder un ápice de diversión.
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