Quino Falero dirigió #Malditos16, con la dramaturgia de Nando López. Esta pieza teatral aborda un viaje hacia la identidad, mostrando los monstruos cotidianos de los que apenas se habla. Una coproducción del Centro Dramático Nacional y COART+E Producciones. La función representada – en la cual se basa la crítica – se produjo el 31 de enero de 2017 en el Teatro María Guerrero, en la Sala de la Princesa. Contó con Pablo Béjar, Andrea Dueso, Manuel Moya, Paula Muñoz, David Tortosa y Rocío Vidal en su reparto actoral. En 2019 volvió a los escenarios en el Teatro Galileo, manteniendo el mismo reparto, a excepción de Béjar y Moya.



#Malditos16

Crítica de ‘#Malditos16’

Ficha Técnica

Título: #Malditos16
Título original: #Malditos16

Reparto:
Pablo Béjar (Rober)
Andrea Dueso (Ali)
Paula Muñoz (Naima)
Manuel Moya (Dylan)
David Tortosa (Sergio)
Rocío Vidal (Violeta)

Duración: 75 min. apróx.
Dirección: Quino Falero
Dramaturgia: Nando López
Escenografía: Arturo Martín Burgos
Vestuario: Rebeca Sanz
Iluminación: Juan Ripoll
Música: Mariano Marín
Ayudante de dirección y entrenamiento corporal: Eva Egido
Diseño cartel: ByG/Isidro Ferrer
Fotos: marcosGpunto
Género: Drama
Producción: Centro Dramático Nacional & COART+E Producciones

Obra completa de ‘#Malditos16’

Sinopsis de ‘#Malditos16’

A veces necesitamos volver a los lugares donde nos rompemos. Recorrer el camino de regreso al adolescente que fuimos y mirar de frente nuestras heridas, las que se abren cuando nos vemos abocados a elegir quiénes deseamos ser.

#Malditos16 emprende ese viaje hacia la identidad a través de las historias de Ali, Dylan, Naima y Rober, cuatro jóvenes que se conocieron en el peor momento de su vida: justo después de querer quitársela. Todos ellos intentaron suicidarse cuando rondaban los dieciséis y ahora, a sus veintipocos, el hospital donde estuvieron internados les propone colaborar en un taller con adolescentes en su misma situación. Acuden con ganas de ser útiles y, a la vez, con miedo de que las grietas se abran y se liberen de nuevo los fantasmas. Monstruos cotidianos de los que apenas se habla. Vidas invisibles –las suyas y las nuestras– que no protagonizan titulares ni ocupan espacio en los medios. Realidades que no existen porque no se nombran y que, sin embargo, todos compartimos. Y es que, aunque nos empeñemos en negarlo, aquellos #Malditos16 siguen viviendo bajo el adulto que fingimos ser. (COART+E PRODUCCIONES).



#Malditos16
Foto de Centro Dramático Nacional y COART+E Producciones

La herida emocional

En la obra de Nando López se puede ver su implicación social, abordando temas que públicamente suelen ser invisibilizados. En #Malditos16 vuelve a poner sobre la mesa varios de los conflictos sociopsicológicos que surgen en la adolescencia, unidos a través de un hilo narrativo principal como es el suicidio. La dramaturgia presenta cuatro personajes principales muy atractivos, con una temática que esconde una profundidad muy interesante.

Sin embargo, todos estos ingredientes no se cohesionan y ofrecen una obra que parece dividida por capítulos separados y no fluye una sinergia entre ellos. Por lo tanto, provoca que se formule una línea narrativa continuamente abrupta, aunque por separado funcione cada historia, en su conjunto no terminan de encajar. Aun así, se plantea desde un prisma cercano y buscando perspectivas muy diversas en sus personajes.

La manera de afrontar cada temática en particular se realiza desde un punto de vista en el que no se busca explicar el trasfondo en su totalidad. Es una olla a presión de sentimientos y en el texto subyace una emocionalidad, que se dosifica en los monólogos que van pronunciando a lo largo de la obra. Se realiza un retrato íntimo con las vivencias y el sentir de cada uno de los personajes. Sin embargo, esa empatía que se crea con el poder de las palabras, no se extiende lo suficiente y acaba dejando al espectador con ganas de poder conocer más a dicho personaje. Por lo cual, puede llegar a crear un cierre abrupto y se colapse el desarrollo entre los distintos personajes. Por ende, hay una humanidad en el ADN del texto, que no se aprovecha.

Foto de Centro Dramático Nacional y COART+E Producciones

La reunión

El reparto de #Malditos16 se forma por un elenco de siete actores. En primer lugar, el espectador se encuentra con Rocío Vidal y David Tortosa. Ambos sirven de hilo conductor y de símbolo de la frustración por los profesionales de la salud. Por su parte, Vidal da una interpretación vehemente, sabiendo romperse en los momentos que implica mostrar al público esa frustración interna. Utiliza perfectamente la expresividad física para dar tienda suelta a lo emocional. Luego, Tortosa se marca un contraste de energía que, en ocasiones, sirve para equilibrar, pero, en otras, podría hacer que se establezca fuera de la atmósfera que nace sobre el escenario. Por lo cual, se halla entre dos vertientes que hacen que su trabajo actoral no se perciba de la misma manera. Aun así, ambos cumplen con su función de pegamento interpretativo.

Pablo Béjar, Andrea Dueso, Manuel Moya y Paula Muñoz fueron los encargados de dar vida a Rober, Ali, Dylan y Naima, respectivamente. Para comenzar, Moya transmite fragilidad en escena, tiene naturalidad y no se excede a la hora de desnudarse ante el espectador. Lo mismo ocurre con Dueso, la cual no se extralimita en ser la antítesis de dinamismo y sabe escuchar a su personaje durante la obra. Ofrece una visión coherente interpretativamente, lo que permite que se pueda expresar, tanto de forma verbal como física, sin perder ni un ápice de credibilidad. Luego, Muñoz es, sin duda, de lo mejor de la obra. Es la que tiene el mayor reto actoral y lo realiza de forma orgánica y con puro sentimiento. Además de convertirse en el principal foco de atención del público. Por último, Béjar no termina de convencer y podría dar la sensación de verse forzado en varias escenas.

Foto de Centro Dramático Nacional y COART+E Producciones

Vuelta al pasado

Convertir el escenario en una sala de reuniones de un centro psiquiátrico puede ser peligroso si no se ve justificado por la dramaturgia y el sentido creativo y narrativo, pero, indudablemente, en #Malditos16 es todo un acierto. La puesta en escena goza de una creación diferente, que se convierte en un telón de fondo atractivo y que cobra vida gracias al significado que hay detrás. Además, permite que los asistentes sean capaces de romper el concepto que se tiene de los centros psiquiátricos, transformándose en un personaje más de la acción. La disposición de los elementos es dinámica y se mantiene siempre en continuo movimiento. Por lo tanto, el ritmo no decae a nivel técnico, lo que hace que sea más llevadera la exposición abrupta de la dramaturgia en algunos momentos.

La iluminación es uno de los recursos que mayor énfasis se le da durante la realización de la obra. La manera en la que crea esos claroscuros, en cómo se mueve por la escena, mientras que da mayor carga dramática a lo que sucede sobre las tablas. No se puede negar que sea soberbia. Por otro lado, las transiciones y los espacios se diferencian y se producen de una forma orgánica. No obstante, hay partes de la coreografía y del movimiento escénico que se desarrollan con cierto abuso del ímpetu y puede extralimitarse en la intensidad, lo que podría sacar al espectador del ambiente que se ha fabricado durante la pieza teatral. Por lo cual, el conflicto que surge es que hay un aporte expresivo emocional valorable, pero que no combina del todo con la forma en la que se dispone a ojos del espectador.

#Malditos16
Foto de Centro Dramático Nacional y COART+E Producciones

Conclusión

#Malditos16 es una obra teatral que aborda temas de vital importancia en el espectador y se atreve a hablar de ellos sin tapujos ni tragedia innecesaria. Sin embargo, se echa en falta mayor cohesión entre los relatos que se exponen y hay una ruptura que se hace demasiado firme, por lo que rompe con la sinergia que se pudiera crear. A nivel interpretativo, hay un reparto notable, en el que destacan, sobre todo, Andrea Dueso y Paula Muñoz, que ofrecen unas actuaciones conmovedoras.

Después, la puesta en escena es soberbia, en especial la iluminación y la creación del espacio. Únicamente la coreografía y el movimiento escénico se podrían extralimitar en la intensidad, pudiendo distraer al espectador. Es la apertura del dolor que se ha callado durante mucho tiempo, que sale a rienda suelta y sin una estructura unificada.

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