La nueva temporada del Teatro de Bellas Artes, en Madrid, comienza con Eduardo II. Ojos de niebla, obra de teatro dirigida por Jaime Azpilicueta y escrita por Alfredo Cernuda. Este drama histórico está inspirado en la desdichada vida del rey Eduardo II de Inglaterra, juzgado por su homosexualidad durante su reinado. Además, esta pieza teatral fue llevada en su momento al teatro, de forma exitosa, por Christopher Marlowe. También hay que destacar a su equipo artístico actoral, formado por José Luis Gil, como Eduardo II, junto con Ana Ruiz, Ricardo Joven, Carlos Heredia y Manuel Galiana. Se encontrará en el Teatro de Bellas Artes hasta el próximo 25 de octubre, de miércoles a viernes a las 20:30, sábados a las 19:00 y 21:30; y domingos a las 19:00.



Eduardo II. Ojos de niebla

Crítica de ‘Eduardo II. Ojos de niebla’

Ficha Técnica

Título: Eduardo II. Ojos de niebla
Título original: Eduardo II. Ojos de niebla

Reparto:
José Luis Gil (Rey Eduardo II)
Ana Ruiz (Reina Isabel)
Ricardo Joven (Orlenton, Obispo de Hereford)
Carlos Heredia (Mortimer, Barón de Wigmore)
Manuel Galiana (Tolomei)

Duración: 90 min. apróx.
Dirección: Jaime Azpilicueta
Dramaturgia: Alfredo Cernuda
Música original: Julio Awad
Diseño de iluminación: Juan Ripoll
Diseño de escenografía: Juan Manuel Zapata
Figurinista: Covadonga Orviz Díaz
Proyecciones: Álvaro Luna
Caracterización y maquillaje: Mauro Gastón
Vestuario: Sastrería Cornejo
Fotografía: Moisés Fernández
Diseño de cartel: Manuel Vicente
Ayudante de dirección: Maximiliano Lavía
Producción ejecutiva: Ana Ruiz Domínguez
Género: Drama histórico
Producción: La Nariz de Cyrano, Contubernio y Pentación Espectáculos

Entrevista a José Luis Gil por ‘Eduardo II. Ojos de niebla’

Sinopsis de ‘Eduardo II. Ojos de niebla’

Eduardo II. Ojos de niebla recrea la vida del rey Eduardo II de Inglaterra; pero lo que a simple vista puede parecer un drama histórico, con toda la carga cultural que ello representa, se transforma en algo más. Es una historia de amor, de odio, de pasión, de lucha por el poder, en definitiva, es nuestra historia.

Eduardo II. Ojos de niebla narra el amor incontenible de Eduardo II por Hugo LeDespenser, el resentimiento de su esposa, la reina Isabel, humillada por los amores que su marido le niega; el odio de Mortimer, Barón de Wigmore, que le empuja a conquistar a la reina en su afán de poseer algo más que la corona; las intrigas de la Iglesia para acrecentar su poder y coronar reyes que sean fieles a sus propósitos; En resumen, Eduardo II Ojos de Niebla es nuestra historia, lo demás… es literatura. (PENTACIÓN ESPECTÁCULOS). 



Eduardo II. Ojos de niebla
Foto de Antonio Castro

La libertad

El telón del Teatro de Bellas Artes volvió a levantarse con el estreno de Eduardo II. Ojos de niebla, obra de teatro que recrea la vida del famoso rey inglés. Desde el principio se puede observar la gran calidad del texto escrito por Alfredo Cernuda, que no solo tiene musicalidad en sus diálogos, sino también una emoción desgarradora. Asimismo, mezcla la tragedia más personal con escenas realmente hilarantes e irónicas. Por lo cual, mantiene ese equilibrio que hace que los asistentes disfruten de principio a fin de la obra. Además, la historia se va desarrollando con una fluidez muy bien planteada, dejando salir los sentimientos a flor de piel de su principal protagonista. No obstante, también da cabida a los otros personajes, dibujando un retrato con matices y no dejándolos caer en estereotipos innecesarios.

Por lo cual, el espectador entiende las motivaciones que se encuentran detrás de las acciones de los personajes. Al igual que se habla de un tablero de ajedrez al comenzar la obra, durante la exposición del conflicto, cada uno va moviéndose en torno a sus intereses. En consecuencia, se puede ver una crítica certera a la sociedad. Por una parte, se explica el concepto de “los ojos de niebla”, que podría aplicarse también perfectamente a nuestra época. Luego, habla de los poderes, de la Iglesia, del dinero y de la falta de respeto ante los sentimientos. De esta forma, propone unos debates muy actuales, que dejan un poso de reflexión muy profundo. De manera análoga, se queda en la retina el sufrimiento y las contradicciones del amor, donde se habla de la necesidad de romper con las trabas que, todavía hoy, se ponen sobre personas con una sexualidad distinta.

José Luis Gil
Foto de Antonio Castro

La realeza

Una de las grandes virtudes de Eduardo II. Ojos de niebla es José Luis Gil, que da vida al mismísimo Rey Eduardo II. Para comenzar, se expone ante la audiencia con una fuerza escénica arrolladora, que deja sin palabras a todos los espectadores que tienen el placer de verle sobre el escenario. Después, es imposible no nombrar la pasión con la que pronuncia cada una de las palabras con las que se expresa su personaje, buscando esa anhelada libertad y comprensión ideal. Además, demuestra su bagaje como actor, al saber medir los tiempos, la energía y el espacio teatral en el que se encuentra, dejando una interpretación donde no ser percibe absolutamente ningún pero. Por lo cual, se convierte en el perfecto protagonista de la obra, con una sensibilidad, emoción y vigorosidad necesarias.

Por otro lado, Ana Ruiz acompaña a Gil como la Reina Isabel, esposa y madre de los hijos del rey. Mientras que realiza un buen ejercicio de conocimiento de la coreografía escénica y de la expresividad de hastío y venganza, por otra parte, se puede observar una contención que termina menguando su potencia en escena. Por ende, hay momentos en los que podría dejar salir toda esa visceralidad, pero se queda en un estado menos impetuoso. Junto a ella, se encuentra Carlos Heredia, que realiza una interpretación fresca y eficiente. Luego, Manuel Galiana está maravilloso, con un derroche de carisma y con una calidad actoral excelente. En otras palabras, es espléndido. Por último, Ricardo Joven es un perfecto Orlenton, con una intensidad formidable y una firmeza exquisita, demostrando un nervio y una fortaleza en escena implacables.

Jaime Azpilicueta
Foto de Antonio Castro

La tormenta

La puesta en escena con la que se transporta al espectador al siglo XIV goza de un minimalismo en el atrezzo sobre el escenario, pero con una majestuosidad por el resto de elementos técnicos que hay sobre ella. En primer lugar, el trono del rey se convierte en un símbolo narrativo en sí mismo, dado que, a lo largo de Eduardo II. Ojos de niebla, va cobrando distintos significados, culminando en un final apoteósico. Después, se combina con una iluminación que va navegando por el espacio escénico, con diferentes tonalidades, lo que hace que se exalte esa agitación de la acción. Además, subraya perfectamente los momentos más álgidos de la obra. También sabe separar las zonas de movimiento, guiando la vista del espectador para que no se disperse durante el transcurso de los acontecimientos.

Por otra parte, la composición musical sigue un hilo sonoro muy concreto, con la intención de convertirse en un leitmotiv de situaciones específicas. De esta forma, se atribuye dichos efectos de sonido a un personaje o la naturaleza del proceder de uno de éstos. Luego, se combina todo en una coreografía de movimientos llenos de dinamismo, de vida. Por ese motivo, se percibe una sinergia muy orgánica, colocando cada pieza del escenario en su justo lugar. Además, sería conveniente destacar el diseño de vestuario, que tiene todo tipo de detalles y se puede ver perfectamente el cuidado en cada una de las piezas que lo componen. Por último, mencionar que el clímax hacia el final y el propio desenlace son todo un espectáculo sensorial y espectacular, que se junta con el sentimiento y la exaltación. Un colofón excepcional.

Eduardo II. Ojos de niebla
Foto de La Nariz de Cyrano, Contubernio y Pentación Espectáculos

Conclusión

Eduardo II. Ojos de niebla es una obra de teatro con una sensibilidad y una crítica social certeras. Además, junta la tragedia, la pasión, el romanticismo con una ironía y una sátira exquisitas, que demuestran la gran calidad de la dramaturgia de Alfredo Cernuda. Por otra parte, José Luis Gil demuestra, una vez más, su calidad interpretativa con un Eduardo II excelente, lleno de matices y una potencia escénica arrolladora. Igualmente, el resto del reparto está estupendo. Después, la dirección de Jaime Azpilicueta es espléndida, dando cuenta de ello en una utilización hábil de los elementos en escena, del movimiento de los actores y el manejo de una sinergia que acaba en un final apoteósico y espectacular. La reivindicación del sentir frente a los poderes de las apariencias y los intereses de la ambición y una moral hipócrita.

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