Oca es una coproducción mexicano-argentina dirigida por Karla Badillo y protagonizada por Natalia Solián y Cecilia Suárez (La Casa de las flores). Badillo ya ha transitado este universo espiritual al firmar el corto Sin regresos (2019), también ambientado en una pequeña orden religiosa y que sigue la amistad de dos jóvenes novicias. Aquí expande ese mundo interior y de clausura para construir una fábula sobre la fe, la confianza y el destino individual. Tras su exitoso paso por el Festival de Málaga, donde obtuvo la Biznaga de Plata a Mejor Película Iberoamericana y la Biznaga de Plata Premio del Público en la sección Zonazine, llegará a las salas de cine españolas próximamente.
Crítica de 'Oca'
Ficha Técnica
Título: Oca
Título original: Oca
Reparto:
Natalia Solián (Rafaela)
Cecilia Suárez (Palmira)
Cristel Guadalupe Nuñez
Leonardo Ortizgris (Gabriel)
Gerardo Trejoluna (Manuel)
Raúl Briones (Arzobispo)
Natalia Plascencia
Gabriela Nuñez
Enrique Arreola
Año: 2025
Duración: 109 min.
País: México
Director: Karla Badillo
Guion: Karla Badillo
Fotografía: Diana Garay
Música: Joshua Madoff
Género: Drama. Comedia
Distribuidor: Silencio Cinema
Tráiler de 'Oca'
Sinopsis de 'Oca'
Rafaela es una joven monja que pertenece a una congregación precaria, casi extinta. Desde hace tiempo hay un sueño incompleto y recurrente que le ronda en la cabeza. Al tiempo, es enviada a un pueblo cercano en busca del nuevo arzobispo. En el camino, vivirá encuentros extraordinarios que la harán avanzar o retroceder de su camino.
El buen camino
Natalia Solián interpreta a una monja que tiene visiones y forma parte de una enclenque comunidad religiosa que está en vías de extinción. Rafaela es una mujer joven, reservada, que apenas sostiene la mirada a los extraños. Su periplo hacia San Vicente, donde espera encontrar al nuevo arzobispo, pronto se convierte en algo más que un recorrido terrenal. Es un viaje interior lleno de señales, preceptos y dudas.
En Oca, también se cruza con peregrinos que avanzan, como ella, empujados por una mezcla de fervor religioso y obstinación. En este grupo destaca Palmira, una niña que tampoco encuentra un lugar entre los suyos. La película enfrenta distintos modos de caminar, o vivir. Así convergen quienes van en grupo, una pareja que viaja en coche o quien parecen caer del cielo, traicionados por su propio destino.
La directora juega con esa fisicidad del espíritu para convertir el camino en una trampa visual donde perderse, confundir direcciones y perseverar. Al final del sendero angosto parece aguardar un pueblo precioso, pero el destino nunca termina de llegar; el camino se enreda, se repliega sobre sí mismo y obliga a seguir mirando.
"La hermana es más de rezar que de hacer"
Oca dialoga con otras hermanas contemporáneas, historias sobre mujeres jóvenes que se inician en la vida religiosa. Como Benedetta (Paul Verhoeven, 2021), La abadesa (Antonio Chavarrías, 2024) o Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa, 2025), estas últimas también de habla hispana. Ese interés por el universo espiritual y tradicional ya atraviesa otros lenguajes artísticos, como la música, con LUX de Rosalía.
La atracción de estas protagonistas jóvenes, mujeres de entre 17 y 20 años, por un estilo de vida tan íntimo puede interpretarse como una búsqueda de identidad frente a la incertidumbre global. Quizás una necesidad de pertenencia o de sentido, servir a algo superior a una misma y participar de una vida en comunidad. Oca entiende esa pulsión sin subrayarla en exceso.
Oca muestra a mujeres de distintas edades, estratos sociales y heridas personales. Todas convergen en esta misma búsqueda, devotas pero desconfiadas de lo extraño pero atraídas por la promesa del destino. La película permite que los silencios y las miradas de soslayo expliquen más que las palabras sobre el recelo a entregarse y confiar. Justo en ese equilibrio se encuentra uno de los aciertos del film: las interpretaciones son contenidas, casi secas, y las miradas dicen mucho más que las palabras.
Los caminos del Señor son inescrutables
Oca tiene briznas de comedia involuntaria, un drama áspero y un diálogo más evocador que explícito. En su tramo final, se abre a un realismo mágico que transforma el ascenso personal en una escalera espiritual. Esa decisión, tan estimulante como desafiante, también puede dificultar la entrada del espectador debido a su escarpada pendiente. Pese a su irregularidad, sus intenciones son claras y su imaginario visual penetra con fuerza. Esta fábula crece dentro de su propio onirismo con preguntas no enunciadas e imágenes sugerentes.
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